Excélsior frente a su espejo. Una historia: Marco Levario Turcott (Etcétera)


Excélsior frente a su espejo. Una historia

Marco Levario Turcott  /  Etcétera

22 de septiembre 2016

Entre una cantidad inconmensurable de libros uno tiene que elegir cuál leer y cuál no, y para elegir es fundamental revisar las reseñas y hacerlo con cautela: en el mundo editorial, como sucede en otros circuitos, abundan esquemas de mercadotecnia y también de complicidades incluso para promover esfuerzos malogrados.

Como sea, gracias a las reseñas bibliográficas se puede seleccionar y, así, despreciar (ese es el término) cualquier oferta narrativa; vamos, no necesito leer al señor Yordi Rosado para relegarlo definitivamente de mis lecturas o, por citar otro ejemplo, no me hizo falta ojear más de diez páginas de Las Cincuenta Sombras de Grey para saber que no debo perder el tiempo. (¿Eso deslegitima mis preferencias? Por supuesto que no).

Es curioso: tengo conmigo un libro que leí hace unos días, sin que mediara reseña alguna (y sin que lo acompañara algún halo morboso o de misterioso sensacionalismo, como ahora se estila). Me atrajo por la seriedad de su autor y desde luego por el tema, y no me defraudó: lo considero una pieza imprescindible para quienes estudiamos el periodismo en México desde diversas aristas. Es “La red de los espejos. Una historia del diario Excélsior, 1916-1976”, que escribió Arno Burkholder.

“No hablen de un libro si no lo han leído”, dice una conseja popular. En cambio yo los invito a hablar de este libro ahora mismo, aunque no lo hayan leído: primero les pido que digan que se trata de un trabajo acucioso a través del cual podemos comprender algunos pedazos de la historia de nuestro país, en la última centuria. Momentos clave que se explican a través del tránsito de uno de los periódicos más longevos de México, y al revés también (porque la dicotomía es producto del esfuerzo historiográfico): podemos registrar definiciones editoriales, incluso de orden político, así como apuestas empresariales de las organizaciones periodísticas a partir de las relaciones y las tensiones con el poder.

Quienes no han leído el libro pueden decir para recomendarlo (mientras van y lo compran desde luego) que una reconstrucción de este tipo –rigurosa, puntual, precisa– nos ayuda a anotar a los medios de comunicación como actores políticos o hasta como escalones de soporte para los actores políticos. Como activistas de la cosa pública o como contratistas con quienes participan en las decisiones de la cosa pública; los periodistas, en particular los profesionales de Excélsior, en esta centuria registran apuestas económicas –primero fue propiedad privada, luego fue una cooperativa– que tuvieron éxito cuando, por ejemplo, acompañaron toda la transición entre las revueltas revolucionarias y los jefes políticos que las encabezaron. En este libro están las tensiones y las obsesiones de Venustiano Carranza o de Plutarco Elias Calles respecto de la forma en que quisieron conducir la propaganda en su favor que regularmente acompañó el diario, aunque también fue un opositor de los gobiernos sucesivos. Entre esta reconstrucción (que a ratos es cronológica y en instantes salta el dato para entrelazarlo con otro), no sorprende ni la visión conservadora ni la definición clerical que en esos años tuvieron los propietarios del “Periódico de la vida nacional”.

Los medios son parte del procesamiento de intereses de los sectores políticos que participan de las reglas del juego para obtener el poder, o mantenerlo, en la democracia. Esto salta a la vista con la reconstrucción de Arno quien, sin las admoniciones a la mano, registra algunos momentos emblemáticos de esta dinámica; por ello nos ayuda mucho a comprender lo que ocurrió en 1976, cuando Julio Scherer García dejó la dirección general del rotativo de manera abrupta, por decisión de los cooperativistas. (Aquí balbuceo una diferencia con el autor: creo que no hay elementos suficientes para decir que Excélsior significó un ejemplo para hacer el periodismo que requería la transición democrática: 1) el diario no se alejó fundamentalmente de la línea gubernamental y 2) los problemas entre los cooperativistas fueron muy reales y en su momento, menospreciados por Scherer, como se lo advirtieron varios amigos suyos, entre otros Miguel Ángel Granados Chapa y Gastón García Cantú –a quien entrevisté al respecto hace 20 años, igual que a Luis Echeverría). En todo caso, sostengo que el gobierno federal aprovechó aquellas desaveniencias para intervenir en el periódico.

Aunque fascinante la circunstancia arriba citada, este libro va mucho más allá de eso, para presentar “una historia” de este periódico emblemático; pongo las comillas porque el autor no pretende abarcar todo ni ofrecer, digamos, la versión, si no su enfoque que siempre parte del dato preciso.

Dejo para el final una trivia, digamos que una licencia del reseñista que pretendo ser, para dejar registro de uno de los comienzos de párrafo más atrayentes que he leído en este tipo de trabajos: (Lo disfruto una y otra vez, aún ahora mismo que lo transcribo)

“A las ocho de la mañana del 18 de marzo de 1917, La Cucaracha dejó de caminar. Era una rotativa de segunda mano instalada en el patio de una casa ubicada en la calle de Colón esquina con Rosales, en el centro de la ciudad de México. Tres horas antes había comenzado a imprimir los ejemplares de un nuevo diario que llevaba en su cabezal el lema que lo haría famoso durante todo el siglo XX: ‘El periódico de la vida nacional.’..”

(Después de leer este libro estoy seguro de que ustedes disculparán que no hubiera tenido tiempo de leer algo de eso que siempre prende a la gente, no sé, como Yordi Rosado)

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