Medios, redes, políticos: la ley del deseo del mal: José Carreño Carlón (El Universal)


Medios, redes, políticos: la ley del deseo del mal

José Carreño Carlón  /  El Universal

21/09/2016

Celebración de la mentira. “Muchas veces la información que se da es pura opinión contra aquellos cuyo mal se desea”, observaba en esta frase cabal, la semana pasada, el periodista insignia de los espacios culturales de El País, Juan Cruz, a propósito de tres episodios polémicos del periodismo español. Pero la frase podría aplicarse al sector del periodismo y de las redes sociales de nuestro país empeñado en propagar odio y precipitar condenas, más que en informar y argumentar sobre los objetos de sus enjuiciamientos.

Es el caso, por ejemplo, del más reciente capítulo de la serie de los cazadores de rumores contra el Presidente y el gobierno “cuyo mal se desea”: el mexicano de Peña Nieto. En este sentido, la principal noticia de estos días en materia de observación de medios fue que un pelotón anti Peña habilitado como periodista volvió a embarcar al diario británico The Guardian en la publicación de especies falsas sobre México, de las que ha debido retractarse ya tres veces. Y que, obligado por las leyes de su país, este periódico hizo públicas sus disculpas a todos los afectados por sus nuevas ‘revelaciones’ y retiró las noticias falsas de su sitio digital.

Sin embargo, los espacios que en México habían celebrado en grandes titulares la (des)información sobre un supuesto conflicto de intereses de un contratista y la familia presidencial, aplicaron su propia ley del deseo del mal y distorsionaron incluso la rectificación de aquel diario londinense. Uno de ellos discurrió que la disculpa de The Guardian sólo alcanzaba al contratista y su familia, como si el cargo de conflicto de intereses entre exponentes de una empresa privada y de una institución pública pudiera involucrar sólo a una de las partes. Igual hizo otro en un pequeño aviso de primera plana que contrastó con el despliegue que antes le dio a la pieza de desinformación, mientras uno más envió la rectificación a páginas interiores.

Crítica y clientelismo. Y ya para qué abundar en las reacciones injuriosas desatadas en las redes por la desinformación ahora puesta en evidencia. Allí no se estila la rectificación, ni siquiera sesgada. El mundo digital —prosigue el análisis de Juan Cruz— se ampara en la impunidad de las redes sociales. Pero lo que es más grave —concluye este incansable informador cultural— también “el periodismo se ha contaminado de ese conjunto de impunidades” y se ha desnaturalizado “por la opinión y por el insulto disfrazado de opinión”.

Nada de esto abona a las funciones de la crítica y la exigencia de cuentas del periodismo a los poderes. Más todavía, las fuentes de poder se han diversificado al punto de que, acaso, a alguno de esos poderes podría estar sirviendo, intencional o involuntariamente, más de uno de los ‘deseosos del mal’ del Presidente. Por supuesto que hay que reivindicar y enaltecer las funciones de indagación y escrutinio del periodismo. Pero urge disociarlas de las viejas prácticas del clientelismo que suelen afiliar los espacios mediáticos a las causas interesadas de la descalificación de unos actores y la idealización de otros.

Avalancha de desconfianza. El problema no es sólo de medios y redes. Tampoco lo es solamente de México y España. El enrarecimiento de la conversación pública y la consecuente desconfianza en las instituciones tienen dimensión global. Y hay que agregar a esta ecuación el papel del discurso de los actores públicos relevantes. David Brooks titula su artículo de este fin de semana en el NY Times La avalancha de la desconfianza, con reveladoras encuestas sobre la pérdida de confianza de los estadounidenses entre ellos mismos y hacia sus instituciones, así como el desplome del orgullo por la pertenencia a su país. A ello agrega un análisis de los discursos de Trump y Clinton, con sus mensajes clave que a la vez nacen de ese entorno de desconfianza y la reproducen.

Allá se encamina nuestra esfera pública con medios, redes y políticos blandiendo su ley del deseo del mal al de arriba, al de abajo y al de al lado.

 

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