Pide al tiempo que vuelva. Semblanza de las revistas mexicanas: Levario Turcott (Etcétera)


Por  Levario Turcott, publicado en etcétera

México tiene una enorme tradición editorial, con registros memorables durante los siglos XIX y XX. El trabajo artístico y literario igual que el pensamiento político comprende páginas que, en su momento, fueron imprescindibles para el intercambio público, y cuando escribimos esto el lector también tiene presente los diversos periodos convulsos de nuestra historia y sus expresiones políticas y culturales.

Aquí ofrecemos un puñado de recuerdos. Están dispersos y son desiguales, así lo advertimos en la mesa de redacción, y son irregulares e imprecisos porque están incentivados fundamentalmente por la nostalgia y la gratitud a esas labores que, además, explican la que nosotros hacemos diario.

La segunda parte de este material se publicará en marzo y desde entonces haremos la ficha hemerográfica precisa de cada revista en el periodo arriba señalado. Lo entendemos como parte del esfuerzo de memoria que también comprende el periodismo y como elementos para el análisis de los medios de comunicación, lo mismo para estudiar su aporte en el proceso de la modernización, por ejemplo, que para valorar específicamente su papel en los procesos de transición y consolidación democrática.

La columna se llama “Pide al tiempo que vuelva”, será hecha por integrantes de la mesa de redacción y formará parte del cuerpo de etcétera a partir de abril. Esperamos que sea útil para ustedes, lo mismo en el terreno académico que en su vertiente lúdica.

Punto Crítico

Esta revista se concibió en la cárcel de Lecumberri, en 1968, casi sobra decirlo, cuando en el país imperó el presidencialismo omnímodo y la tutela de un solo partido Semblanza de las revistas mexicanas junto con los medios de comunicación que reflejaban esa visión autoritaria de la política, incluso el mítico Excélsior dirigido por Julio Scherer García fue parte de la versión oficial sobre la masacre de ese año contra los estudiantes en Tlatelolco, de la Ciudad de México (y en esas lides el emblemático periodista se negó a publicar un desplegado de los jóvenes que incluso ofrecieron pagarlo con dinero del “boteo” que hacían en las calles de la urbe).

Varios exdirigentes estudiantiles fraguaron este proyecto editorial que inició en 1972 y duró 16 años con una periodicidad bimensual, mensual, quincenal y, ya en su ocaso, cada que fuera posible: Raúl Álvarez Garín, Rolando Cordera, Gilberto Guevara Niebla, Salvador Martínez Della Roca y Adolfo Sánchez Rebolledo. También concurrieron en el esfuerzo Carlos “El tutti” Pereyra, a quien considero el hombre más preparado y brillante de toda esa generación en la que tambien hay que incorporar a Manuel Peimbert, María Antonieta Rascón y Pablo Pascual Moncayo. (Insisto: la inteligencia de Carlos proyectada en sus textos, porque no lo conocí personalmente, siempre me pareció deslumbrante. Sin duda, sus artículos compilados en el libro Sobre la democracia son de lectura obligada. Murió muy joven, a los 48 años, en 1988).

Alejandro Álvarez Bejar sintetiza este esfuerzo que él llamó como “periodismo revolucionario” citando a Monsiváis, cuando el cronista, amigo de los organizadores, aludió a Punto Crítico como la concurrencia de personas que compartían las mismas frustraciones y, agrego yo, perspectivas similares, al menos de órden ético y moral: la necesidad de enfrentar el régimen autoritario con ideas frescas que fueran más allá de los vetustos lugares comunes del ideal revolucionario socialista. Por eso Punto Crítico también fue un instrumento de agitación entre diferentes movimientos sociales.

Esta revista registra una paradoja: nació de la necesidad de que la izquierda dejara de ser lo sectaria que hasta entonces había sido y, sin embargo, poco a poco se fue deblitando debido a varias fracturas, me parece que la más importante es el desprendimiento de muy destacados intelectuales que enseguida formarían el legendario (y creo que menos articulado organizativamente de lo que dice el mito) Movimiento de Acción Popular, el MAP, sí, los legendarios “Mapaches”. Poco después, en 1983, salieron de Punto Crítico Carlos Imaz e Imanol Ordorica –quienes eran un poco más jóvenes que los líderes del 68– para formar “Convergencia comunista 7 de enero”. Imaz y Ordorica junto con Antonio Santos y Óscar Moreno, serían líderes de aquel movimiento estudiantil de la UNAM de 1986, aglutinado bajo las siglas del CEU (Consejo Estudiantil Universitario).

Durante poco más de 16 años se publicaron 157 números de Punto Crítico. Yo tengo 45, y comencé a leer la revista en 1982. Este es el 34 de cuando circulaba quincenalmente con alrededor de diez mil ejemplares. Su director en ese entonces es mi muy querido y admirado Adolfo Sánchez Rebolledo, el famoso “Fito”. El texto principal lo tomó prestado de otra publicación y se refiere a la crisis política y económica de Portugal de aquel entonces.

Entre los rescoldos de Punto Crítico surgió por ahí de 1989 el semanario Corre la voz, que apenas duró tres años. No obstante, desde Punto Crítico se abrieron paso grandes ensayistas y escritores que más tarde participaron en otras empresas periodísticas de gran calado como unomásuno, El Día y Proceso, además de concebir las revistas Vuelta y Nexos.

El Buscón

Entre los últimos años de la década de los 70 y los primeros de los 80 del siglo pasado, los medios de comunicación, en particular la prensa, reflejaron con mayor claridad la pluralidad mexicana, fraguada fundamentalmente durante los procesos de liberación política, urbanización y masificación educativa ocurridos a finales de los 60. El diario La Jornada, nacido en septiembre de 1984, luego de que sus fundadores renunciaran a unomásuno (que surgió el 14 de noviembre 1977), es una prueba palmaria de ello; también lo es el origen de las revistas Vuelta (1976) y Nexos (1978) junto con otras publicaciones periódicas diluidas al paso del tiempo y que, sin duda, fueron un gran semillero no sólo para aquellas revistas sino para otras que sobrevendrían y que tienen como origen, principalmente, a la izquierda, que en ese entonces al fin cifró sus expectativas en abarcar circuitos de comunicación que rebasaran a sus propias cofradías (que lo haya logrado o no, es tinta de otra escritura).

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