Insultos: Rafael Pérez Gay (Milenio)


Por Rafael Pérez Gay, publicado en Milenio

Una ley no escrita del periodismo afirma que con los años, la piel dura se convierte en una especie de escudo contra los insultos. No siempre, digo yo. Miente el periodista que diga que no le hacen mella los insultos. La infamia es un veneno cuyo antídoto tarda algún tiempo en hacer efecto.

Escribí en este espacio en dos ocasiones sobre el papa Bergoglio e hice un comentario en Las Diez de MILENIO, con Carlos Zúñiga, sobre el mismo tema. Entre otras cosas, dije lo que pienso: que la visita del papa lastimó el Estado laico, que la entrada de Bergoglio a Palacio Nacional ha ignorado el mandato constitucional, que la clase política se puso de rodillas de manera vergonzosa ante el más alto jerarca de la Iglesia católica y que la Ciudad de México fue tomada por los católicos, una mayoría que no debió ser tratada por nuestros gobernantes con tanta benevolencia.

Desde luego fui insultado bien y bonito; o mejor, mal y feo. Aprendí desde muy joven que nunca hay que repetir los insultos que alguien te ha arrojado a la cara, pues te conviertes en su caja de resonancia. Como sea y fuera, aún me llama la atención la cólera activa frente a quienes piensan distinto. No me vayan a salir por favor con la paparruchada de que con la religión hay que tener mucho cuidado.

Mientras leía, un poco sin leer, los insultos vía Twitter y los comentarios de ácido sulfúrico al pie de la página, con un ojo al gato y otro al garabato, busqué la cita de Voltaire que define al fanático: “Cree lo que yo creo y lo que no puedes creer, o perecerás; cree o te aborrezco, cree o te haré todo el daño que pueda”.

Resulta que, como muchos mexicanos, no creo en Dios ni en la Iglesia católica, ni creo que el papa haya traído con su visita un aire de renovación a México. Tampoco me simpatiza Bergoglio, ni me parece mediático y moderno, ni tengo por qué buscarle mangas al chaleco del análisis para sacarle jugo inteligente a sus discursos sobre la maldad del diablo. La existencia del diablo, a estas alturas.

Voltaire para cerrar este capítulo: “el derecho a la intolerancia es absurdo y bárbaro: es el derecho de los tigres, y aún más horrible, porque los tigres no despedazan más que para comer, y nosotros nos hemos exterminado por tal o cual párrafo”.

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