La democracia en la tele (El País/EU)


Por HÉCTOR E. SCHAMIS, publicado en El País

En muchos paises de America Latina no hay debates presidenciales en televisión. En Estados Unidos, tampoco. Es decir, los candidatos aparecen en cámara pero no para debatir lo sustantivo sino para producir un show mediático, a veces sin otro propósito más aparente que los ratings. La democracia pierde significado en tanto se desdibuja su objetivo innegociable: garantizar derechos y canalizar voluntades. La sociedad se distancia.

Así fue el verano de Donald Trump. Por lógica, un país de vacaciones consume entretenimiento. Trump, el Partido Republicano y las cadenas de televisión formaron un joint venture estival para suministrarlo. Como si no hubiera suficientes noticias para preparar un buen guiso sensacionalista—asesinatos en masa en universidades, conflictos raciales y la xenofobia europea con los refugiados, por nombrar algunos—también estuvo Trump con sus ofensas y su ignorancia.

Curiosamente, llegó al centro del escenario de la mano de sus adulones, pero también gracias a sus detractores, como el propio Jorge Ramos al interrumpir aquella rueda de prensa en un estilo muy característico…¡de Trump! Contó con las cadenas conservadoras como Fox y con las liberales como CNN, a quien terminó dándole una cierta exclusividad, tal vez por el rating. A quienes ven la política como una tarea noble y desinteresada, Trump les dice que son muy ingenuos.

Su mensaje es similar para quienes creen que la política requiere conocimientos y experiencia. Por ejemplo, su trasnochada idea de deportar a millones de indocumentados es imposible de financiar y además hundiría a la agricultura, la construcción y la gastronomía. Su advertencia de imponer aranceles a las importaciones chinas omite que ello pondría en jaque a la propia OMC y el régimen internacional de comercio. Trump vive en un reality show, solo que éste es real y se convierte en uno de terror con solo imaginarlo como presidente del país más poderoso del planeta.

Trump fue un producto estacional, ya casi fuera de los escaparates. Al llegar el otoño, el entretenimiento dio paso a la seriedad Demócrata. Hubo una cierta pomposidad por parte de Sanders al hablar de socialismo democrático, un tema para el claustro más que para el votante medio estadounidense. De a poco todo comenzó a fluir en dirección de Hillary Clinton, tal como la flecha en su logo de campaña. Cuando surgieron cuestionamientos sobre sus correos electrónicos privados, con mirada severa respondió que ya había pedido disculpas por ello y reconocido que no fue una decisión inteligente. Casi le pidieron perdón por introducir el tema y no se volvió a mencionar. Hacia el final del supuesto debate los cuatro contendientes masculinos parecían estar compitiendo entre sí por un puesto en el gabinete de Hillary Clinton.

Pero las entrevistas de empleo suelen ser aburridas, con lo cual los Demócratas tuvieron nueve millones menos de televidentes que los Republicanos. El plato fuerte y revancha en el rating vendría la semana siguiente en la audiencia en el Congreso, gentileza del bloque Republicano de la Cámara de Representantes. Por tercera vez Hillary Clinton fue citada a testificar ante el comité que investiga los hechos ocurridos en 2012 en Benghazi, Libia, que costaron la vida de cuatro miembros del cuerpo diplomático. Ese fue el objetivo declarado, el verdadero fue dañar las chances electorales de la candidata demócrata.

Con todas las cámaras con ella, los micrófonos todos suyos y del otro lado del mostrador sus rivales, ese fue el escenario que Hillary Clinton probablemente deseaba. El resultado fue lo que el país y el mundo ya sabían: hubo errores y falta de coordinación, pero no hubo procedimientos indebidos. Fuera de eso, y durante un interrogatorio de once horas—sí, once—por momentos la sesión pareció ser un ensayo de juicio político, tal vez la nostalgia del impeachment de otro Clinton, una destitución que jamás sucedió. Las preguntas eran agresivas y repetitivas, el tono y la mirada, hostiles.

Si el propósito de semejante maratón televisiva, una especie de “Sábado Gigante” pero en jueves, fue hacerla trastabillar en su camino hacia la Casa Blanca, más bien sirvió para confirmar la disfuncionalidad del Partido Republicano, una gran confederación de líderes distritales cuyo objetivo central es la perpetuación en su curul, lo cual precisamente les imposibilita de arribar a una agenda agregada. Es decir, son incapaces de definir qué dirección tomar como partido nacional.

Pero puede haber algo más que los Republicanos le mostraron al país y al mundo, seguramente de manera accidental. Al votante medio, ese que pondera un presidente con aplomo y nervios de acero, alguien con la capacidad de tolerar la agresión con compostura y conservar claridad mental bajo presión, los Republicanos del Congreso le mostraron por quien debe votar: Hillary Clinton.

Eso es lo que sucede cuando la política se pasa demasiado tiempo en la tele. Es el show, ese que nunca puede terminar, quien termina tomando las decisiones.

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