Cuidado con la intolerancia: Pascual Beltran del Rio (Excelsior)


Por Pascal Beltrán del Río, publicado en  Excélsior

La intolerancia hacia otras formas de pensar puede llegar lejos. Por eso es importante señalarla cuando irrumpe en el escenario público.

El sábado, en víspera de la elección para alcalde de Colonia, Alemania, la candidata Henriette Reker, quien está a favor de recibir a refugiados de la guerra civil en Siria, fue atacada con un cuchillo por un hombre que se opone a esa posición.

Alemania ha vivido recientemente manifestaciones a favor y en contra de recibir a los refugiados. Sin embargo, la xenofobia no había escalado al punto de agredir a una figura pública en la calle, a plena luz del día.

En cualquier sociedad democrática hay diferentes puntos de vista sobre los temas de interés público.

Creer que todos deben pensar lo mismo es propio de sistemas autoritarios, no democráticos.

Es labor de todo demócrata crear las condiciones para que el debate de las ideas se produzca con intensidad, pero con respeto.

Quienes tratan de imponer sus puntos de vista a los demás no son demócratas. Más aún si lo hacen con violencia. Lo que toca hacer con ellos es señalarlos y conminarlos a respetar.

Si por cualquier motivo se permite que los intolerantes intimiden o agredan a quienes piensan distinto, o porque llegan a conclusiones diferentes mediante sus investigaciones, el riesgo es que esa violencia escale.

En México se ha dado un debate muy intenso en torno a la interpretación de los hechos ocurridos en Iguala el 26 de septiembre de 2014. Hay quienes piensan que lo sucedido esa noche fue un acto de represión del Estado contra estudiantes que sólo manifestaban ideas. Pero también hay quienes creen que los estudiantes, de manera fortuita o intencional, afectaron los intereses de una banda criminal.

Lo único cierto es que ese día seis personas murieron por la acción de policías municipales que aparentemente trabajaban al servicio del grupo delincuencial Guerreros Unidos, y que 43 más desaparecieron, entre los cuales hay uno o dos cuyo asesinato ha sido probado mediante análisis de ADN.

Prácticamente, todo lo demás está a debate y abierto a interpretación. Hay diversos testimonios respecto de qué pudo haber pasado a esos normalistas de Ayotzinapa. Y más testimonios aún de por qué fueron a dar a Iguala esa noche, a 125 kilómetros de distancia de su escuela.

Existe una verdad factual de los hechos –llamada, erróneamente, “verdad histórica”– en el expediente de la investigación realizada por la PGR.

Dicha versión ha sido confirmada por expertos internacionales salvo en un punto polémico: la incineración de los cuerpos de los estudiantes, en el basurero del municipio de Cocula.

Por otro lado, existe una versión de los hechos que yo he llamado verdad ideológica y que afirma que los estudiantes fueron víctimas de un crimen de Estado.

Esta última tiene vertientes, como que el Ejército actuó activamente en los hechos. O que tuvo omisiones que costaron la libertad y hasta la vida a los estudiantes.

Quienes hablan de crimen de Estado sostienen cosas que no se han podido probar: que los estudiantes están detenidos en cárceles clandestinas o que fueron incinerados en hornos crematorios. Lo cierto es que nadie, fuera de la PGR, ha podido señalar el paradero de los normalistas después de que ocurrió lo que todos sabemos: que fueron atacados por policías municipales y secuestrados.

Hasta ahí el debate se ha dado en torno de lo que cada quien cree que pasó esa noche.

Lo que ha comenzado a darse ahora es algo que todos deberíamos señalar con rapidez: la exigencia de que quienes no comparten la verdad ideológica no se expresen.

Por eso se debe condenar enérgicamente a quienes quisieran que se impida la proyección de La noche de Iguala, el documental de mi compañero Jorge Fernández Menéndez.

Se vale disentir de las conclusiones del trabajo de Jorge –ojalá quienes lo hagan, antes hayan visto el documental y usen argumentos para criticarlo–, pero lo que no se vale es llamar a la censura.

Pretender callar a quien piensa distinto o llega a otras conclusiones es propio del pensamiento totalitario, no democrático.

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