Antisemitismo mexicano: José Antonio Crespo (El Universal/México)


Por José Antonio Crespo, publicado en El Universal

El conflicto entre Carmen Aristegui y MVS generó como efecto secundario un nuevo episodio de antisemitismo, que tan extendido está en nuestro país. Y es que nuestro compañero EzraShabot, colaborador también de MVS, rechazó la exigencia que le hacían seguidores de Carmen de igualmente renunciar a la radiodifusora. En todo su derecho, Ezra dijo que respetaba y lamentaba la decisión de Carmen, pero que él no tenía problemas con los directivos de MVS, que no sentía que le coartaran su libertad de expresión y por tanto no tenía motivos para renunciar a su cargo como conductor. La decisión de Ezra me parece absolutamente respetable. Recuerdo que habiendo sido Carmen participante de Primer Plano en el canal Once, se le pidió dejar el programa cuando ella anunció que colaboraría con CNN justo a la misma hora que nuestro programa. Era un argumento atendible, pero algunos pensaron que podría tratarse de un pretexto para deshacerse de Aristegui, de nuevo por sus posiciones críticas frente al gobierno en turno (de Fox), aunque en general esa era la tónica que prevalecía en el programa (se nos dijo tiempo después que incluso Fox llegó a sugerir el cierre del programa). Yo tampoco descarté que se tratara de un caso de censura disimulada, igual que algunos de los colegas del programa —el “sospechosismo” no anda en burro—, pero no consideramos que eso ameritara renunciar a ese espacio, en el que durante sus quince años no se ha sentido ninguna censura en los contenidos (al menos en mi caso, no sé qué opinen mis colegas).

Pero el problema va más allá de eso; por su negativa a renunciar, Ezra empezó a recibir descalificaciones, insultos y amenazas por ser de origen judío. Se puede estar de acuerdo o no con las opiniones de conductores y periodistas (no siempre concuerdo con las opiniones de Ezra), pero eso no justifica que se descalifiquen tales opiniones no con argumentos, sino con prejuicios ad hominem (por la raza, situación social, nacionalidad, preferencia sexual o religión). Lo que sucede es que no somos precisamente una cultura democrática ni liberal. Somos un pueblo racista, clasista, homófobo y antisemita; es decir, fascista. Parte de la izquierda que se dice democrática y progresista, en realidad profesa el estalinismo, y parte de la derecha es falangista. Tratamos de construir una democracia política sobre cimientos culturales altamente antidemocráticos, plagados de prejuicios medievales. Quizá por eso el proyecto democrático no acaba de asentarse, sino que se desvirtúa una y otra vez, y ello se debe no sólo a la clase política, sino a que es reflejo de una sociedad profundamente intolerante y antidemocrática.

En alguno de los comentarios en las redes en contra de Ezra, alguien decía que si los judíos eran repudiados desde hace siglos… ¡por algo sería! En lugar de cuestionar o combatir un prejuicio, se le confirma tautológicamente. Equivale a afirmar que si los negros eran esclavos es que se lo merecían. O como decían los esclavistas, que si Dios no quisiera que se esclavizara a los negros… ¡no los habría hecho negros! Es como afirmar que si en México hay discriminación a los indígenas, seguramente se lo han ganado a pulso. Una mentalidad propia del Virreinato. En realidad el antisemitismo, que en efecto tiene siglos de existencia, encuentra una de sus principales explicaciones en la posición de la Iglesia católica, que por razones políticas decidió culpar a los judíos de la muerte de Jesús, sin reparar que Jesús mismo era judío (y que perdonó a sus captores y asesinos, lo que la Iglesia no hizo), y que muchos otros judíos (desde luego los apóstoles y María) no participaron en ello ni lo aprobaron. El antisemitismo europeo —que heredamos— sentó sus bases en tal doctrina eclesial. Se trata, a mi parecer, de uno de los mayores crímenes históricos de la Iglesia (de los muchos en que incurrió) que jamás ha entendido la esencia del cristianismo. Va pues mi solidaridad con Ezra y otros respetados colegas que suelen ser víctimas de nuestro fascismo mexicano sólo por ser de origen judío.

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