La comunicación al servicio de una auténtica cultura del encuentro (Mensaje completo del Papa Francisco)


MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO PARA LA XLVIII JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES

Comunicación al servicio de una auténtica cultura del encuentro

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy vivimos en un mundo que se va haciendo cada vez más «pequeño»; por lo tanto,  parece que debería ser más fácil estar cerca los unos de los otros. El  desarrollo de los transportes y de las tecnologías de la comunicación nos  acerca, conectándonos mejor, y la globalización nos hace interdependientes. Sin  embargo, en la humanidad aún quedan divisiones, a veces muy marcadas. A nivel  global vemos la escandalosa distancia entre el lujo de los más ricos y la  miseria de los más pobres. A menudo basta caminar por una ciudad para ver el  contraste entre la gente que vive en las aceras y la luz resplandeciente de las  tiendas. Nos hemos acostumbrado tanto a ello que ya no nos llama la atención. El  mundo sufre numerosas formas de exclusión, marginación y pobreza; así como de  conflictos en los que se mezclan causas económicas, políticas, ideológicas y  también, desgraciadamente, religiosas.

En este mundo, los medios de comunicación pueden ayudar a que nos sintamos más  cercanos los unos de los otros, a que percibamos un renovado sentido de unidad  de la familia humana que nos impulse a la solidaridad y al compromiso serio por  una vida más digna para todos. Comunicar bien nos ayuda a conocernos mejor entre  nosotros, a estar más unidos. Los muros que nos dividen solamente se pueden  superar si estamos dispuestos a escuchar y a aprender los unos de los otros.  Necesitamos resolver las diferencias mediante formas de diálogo que nos permitan  crecer en la comprensión y el respeto. La cultura del encuentro requiere que  estemos dispuestos no sólo a dar, sino también a recibir de los otros. Los  medios de comunicación pueden ayudarnos en esta tarea, especialmente hoy, cuando  las redes de la comunicación humana han alcanzado niveles de desarrollo  inauditos. En particular, Internet puede ofrecer mayores posibilidades de  encuentro y de solidaridad entre todos; y esto es algo bueno, es un don de Dios.

Sin embargo, también existen aspectos problemáticos: la velocidad con la que se  suceden las informaciones supera nuestra capacidad de reflexión y de juicio, y  no permite una expresión mesurada y correcta de uno mismo. La variedad de las  opiniones expresadas puede ser percibida como una riqueza, pero también es  posible encerrarse en una esfera hecha de informaciones que sólo correspondan a  nuestras expectativas e ideas, o incluso a determinados intereses políticos y  económicos. El mundo de la comunicación puede ayudarnos a crecer o, por el  contrario, a desorientarnos. El deseo de conexión digital puede terminar por  aislarnos de nuestro prójimo, de las personas que tenemos al lado. Sin olvidar  que quienes no acceden a estos medios de comunicación social –por tantos  motivos–, corren el riesgo de quedar excluidos.

Estos límites son reales, pero no justifican un rechazo de los medios de  comunicación social; más bien nos recuerdan que la comunicación es, en  definitiva, una conquista más humana que tecnológica. Entonces, ¿qué es lo que  nos ayuda a crecer en humanidad y en comprensión recíproca en el mundo digital?  Por ejemplo, tenemos que recuperar un cierto sentido de lentitud y de calma.  Esto requiere tiempo y capacidad de guardar silencio para escuchar. Necesitamos  ser pacientes si queremos entender a quien es distinto de nosotros: la persona  se expresa con plenitud no cuando se ve simplemente tolerada, sino cuando  percibe que es verdaderamente acogida. Si tenemos el genuino deseo de escuchar a  los otros, entonces aprenderemos a mirar el mundo con ojos distintos y a  apreciar la experiencia humana tal y como se manifiesta en las distintas  culturas y tradiciones. Pero también sabremos apreciar mejor los grandes valores  inspirados desde el cristianismo, por ejemplo, la visión del hombre como  persona, el matrimonio y la familia, la distinción entre la esfera religiosa y  la esfera política, los principios de solidaridad y subsidiaridad, entre otros.

Entonces, ¿cómo se puede poner la comunicación al servicio de una auténtica  cultura del encuentro? Para nosotros, discípulos del Señor, ¿qué significa  encontrar una persona según el Evangelio? ¿Es posible, aun a pesar de nuestros  límites y pecados, estar verdaderamente cerca los unos de los otros? Estas  preguntas se resumen en la que un escriba, es decir un comunicador, le dirigió  un día a Jesús: «¿Quién es mi prójimo?» (Lc 10,29). La pregunta nos  ayuda a entender la comunicación en términos de proximidad. Podríamos traducirla  así: ¿cómo se manifiesta la «proximidad» en el uso de los medios de comunicación  y en el nuevo ambiente creado por la tecnología digital? Descubro una respuesta  en la parábola del buen samaritano, que es también una parábola del comunicador.  En efecto, quien comunica se hace prójimo, cercano. El buen samaritano no sólo  se acerca, sino que se hace cargo del hombre medio muerto que encuentra al borde  del camino. Jesús invierte la perspectiva: no se trata de reconocer al otro como  mi semejante, sino de ser capaz de hacerme semejante al otro. Comunicar  significa, por tanto, tomar conciencia de que somos humanos, hijos de Dios. Me  gusta definir este poder de la comunicación como «proximidad».

Cuando la comunicación tiene como objetivo preponderante inducir al consumo o a  la manipulación de las personas, nos encontramos ante una agresión violenta como  la que sufrió el hombre apaleado por los bandidos y abandonado al borde del  camino, como leemos en la parábola. El levita y el sacerdote no ven en él a su  prójimo, sino a un extraño de quien es mejor alejarse. En aquel tiempo, lo que  les condicionaba eran las leyes de la purificación ritual. Hoy corremos el  riesgo de que algunos medios nos condicionen hasta el punto de hacernos ignorar  a nuestro prójimo real.

No basta pasar por las «calles» digitales, es decir simplemente estar  conectados: es necesario que la conexión vaya acompañada de un verdadero  encuentro. No podemos vivir solos, encerrados en nosotros mismos. Necesitamos  amar y ser amados. Necesitamos ternura. Las estrategias comunicativas no  garantizan la belleza, la bondad y la verdad de la comunicación. El mundo de los  medios de comunicación no puede ser ajeno de la preocupación por la humanidad,  sino que está llamado a expresar también ternura. La red digital puede ser un  lugar rico en humanidad: no una red de cables, sino de personas humanas. La  neutralidad de los medios de comunicación es aparente: sólo quien comunica  poniéndose en juego a sí mismo puede representar un punto de referencia. El  compromiso personal es la raíz misma de la fiabilidad de un comunicador.  Precisamente por eso el testimonio cristiano, gracias a la red, puede alcanzar  las periferias existenciales.

Lo repito a menudo: entre una Iglesia accidentada por salir a la calle y una  Iglesia enferma de autoreferencialidad, prefiero sin duda la primera. Y las  calles del mundo son el lugar donde la gente vive, donde es accesible efectiva y  afectivamente. Entre estas calles también se encuentran las digitales, pobladas  de humanidad, a menudo herida: hombres y mujeres que buscan una salvación o una  esperanza. Gracias también a las redes, el mensaje cristiano puede viajar «hasta  los confines de la tierra» (Hch. 1,8). Abrir las puertas de las iglesias  significa abrirlas asimismo en el mundo digital, tanto para que la gente entre,  en cualquier condición de vida en la que se encuentre, como para que el  Evangelio pueda cruzar el umbral del templo y salir al encuentro de todos.

Estamos llamados a dar testimonio de una Iglesia que sea la casa de todos.  ¿Somos capaces de comunicar este rostro de la Iglesia? La comunicación  contribuye a dar forma a la vocación misionera de toda la Iglesia; y las redes  sociales son hoy uno de los lugares donde vivir esta vocación redescubriendo la  belleza de la fe, la belleza del encuentro con Cristo. También en el contexto de  la comunicación sirve una Iglesia que logre llevar calor y encender los  corazones.

No se ofrece un testimonio cristiano bombardeando mensajes religiosos, sino con  la voluntad de donarse a los demás «a través de la disponibilidad para responder  pacientemente y con respeto a sus preguntas y sus dudas en el camino de búsqueda  de la verdad y del sentido de la existencia humana» (Benedicto XVI, Mensaje  para la XLVII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 2013).

Pensemos en el episodio de los discípulos de Emaús. Es necesario saber entrar en  diálogo con los hombres y las mujeres de hoy para entender sus expectativas, sus  dudas, sus esperanzas, y poder ofrecerles el Evangelio, es decir Jesucristo,  Dios hecho hombre, muerto y resucitado para liberarnos del pecado y de la  muerte. Este desafío requiere profundidad, atención a la vida, sensibilidad  espiritual. Dialogar significa estar convencidos de que el otro tiene algo bueno  que decir, acoger su punto de vista, sus propuestas. Dialogar no significa  renunciar a las propias ideas y tradiciones, sino a la pretensión de que sean  únicas y absolutas.

Que la imagen del buen samaritano que venda las heridas del hombre apaleado,  versando sobre ellas aceite y vino, nos sirva como guía. Que nuestra  comunicación sea aceite perfumado para el dolor y vino bueno para la alegría.  Que nuestra luminosidad no provenga de trucos o efectos especiales, sino de  acercarnos, con amor y con ternura, a quien encontramos herido en el camino. No  tengan miedo de hacerse ciudadanos del mundo digital. El interés y la presencia  de la Iglesia en el mundo de la comunicación son importantes para dialogar con  el hombre de hoy y llevarlo al encuentro con Cristo: una Iglesia que acompaña en  el camino sabe ponerse en camino con todos. En este contexto, la revolución de  los medios de comunicación y de la información constituye un desafío grande y  apasionante que requiere energías renovadas y una imaginación nueva para  transmitir a los demás la belleza de Dios.

Vaticano, 24 de enero de 2014, fiesta de san Francisco de Sales

FRANCISCO

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