¿Emergencia nacional? (Milenio)


Por Álvaro Cueva, publicado en Milenio

A ver, creo que aquí hay algo que no hemos entendido. Ésta no es una emergencia nacional, es una tragedia nacional.

México está bajo el agua, 24 de 31 estados (sin incluir el Distrito Federal) han sido afectados por Ingrid y Manuel, más lo que se acumule en los próximos días.

Decenas de personas han muerto, cientos de hombres y mujeres lo han perdido todo, un montón de poblaciones han desaparecido.

¿A quién queremos engañar? Esto es muy grave y yo me puedo volver loco de la desesperación al ver a nuestras autoridades, en medio de la desgracia, aventándose discursos sobre el progreso de México.

¿A quién le importa el progreso de México cuando el pueblo está sufriendo? Hay que auxiliar a las víctimas, hay que reparar, hay que reconstruir. Hay que pensar en lo más importante: la gente.

¿Por qué le digo esto? Porque, salvo honrosas excepciones, cuando uno se pone a ver los reportes en los medios tradicionales, la nota no es la gente, es el gobierno.

Sí, qué gusto que el presidente vaya a hablar con la población, qué lindos los secretarios que están trabajando y qué admirables los gobernadores que no se rinden.

¿Pero y la gente? Tal parece que no existe, que no le pasó nada. Casi nadie le quiere dar voz.

Los únicos que más o menos han jugado desde que comenzó todo esto han sido los turistas que quedaron atrapados en Acapulco.

Pero, con la pena, México no es Acapulco, Acapulco no es Acapulco Diamante y el verdadero drama no es el de las personas pudientes que no pudieron usar bien sus tarjetas de crédito.

El drama está a lo largo y ancho del país, con los muertos, con los heridos, con la gente pobre que se quedó sin techo, sin comida y que no sabe qué va a ser de su vida después de esto.

Me queda claro que Guerrero es un punto interesante en términos periodísticos por una cuestión política, pero no es el único estado en donde se han cometido errores.

Y el tema, ahora, no es ver qué gobierno de qué partido es mejor o peor que el otro. El tema es que, a nivel macro, no se ha querido compartir la gravedad de esta desgracia.

¿Por qué? ¿Porque los grandes medios nacionales están en la Ciudad de México y si no se inunda el Periférico, no hay noticia? ¿Porque, para ellos, los habitantes de la capital son mexicanos de primera y los que viven fuera, de segunda?

 

En cualquier otro país del mundo, por una balacera, se declara luto nacional. Aquí, dos terceras partes del país están sufriendo y yo no veo las banderas a media asta, yo no veo los moños negros en ninguna pantalla.

Sí, me encantó la ceremonia que se hizo en el Zócalo para recordar a las víctimas del temblor del 85, ¿pero no hubiera sido mejor haber hecho esa ceremonia por las víctimas de Ingrid y Manuel?

A todos nos duele el 85 como nos duelen el 71, el 68 y muchas otras tragedias, pero ésos son muertos viejos. ¿Qué pasa con los muertos de ahora? ¿Les vamos a hacer su ceremonia en 2041? ¡Ya para qué! ¡Hagámosla hoy!

¿Por qué no pedimos ayuda internacional? ¿Por qué esa soberbia de pensar que todo lo van a resolver nuestros gobiernos por encima de cualquier cosa? ¿Nuestras autoridades no se dan cuenta de lo que se están jugando?

Ingrid y Manuel se podrían convertir, para Enrique Peña Nieto, en lo que los terremotos de 1985 se convirtieron para Miguel de la Madrid.

En la más grande de las decepciones, en el motor de una rabia social que creció y creció hasta alimentar la caída del sistema en 1988, la presencia de otro partido en el Distrito Federal y una larga lista de eventos que concluyeron en la transición política de 2000.

Solo que ahora la rabia no vendrá de los chilangos, vendrá de 24 estados. ¿Sabe usted lo que es eso? ¡Una revolución!

Enrique Peña Nieto va a tener que actuar con mucha inteligencia, pero, sobre todo, con mucha sensibilidad, no para promover su imagen, para ayudar al pueblo y ganarse su respeto y cariño.

Vienen días muy difíciles, días en los que, ya sin lluvia, o con otras peores, nos enteraremos de historias que ni nos imaginamos.

Volteemos a ver a la gente, a escucharla, a atenderla y, por lo que más quiera en la vida, ayude con tanta fuerza o más como ayudó en 1985.

El país entero nos necesita para que pronto digamos, como hace 28 años: México sigue en pie. Hagámoslo. Somos nosotros. Vale la pena. Valemos la pena. ¿A poco no?

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