La Jornada, 29 años: Editorial La Jornada (La Jornada)


Publicado en La Jornada

A casi tres décadas de iniciada, la historia de este diario es también la del país y sus vicisitudes en uno de los tramos más devastadores de la vida de México como nación independiente: el de la aplicación del programa neoliberal desde la cúspide del poder público. El saldo ha sido devastador en lo económico, lo político y lo social: los salarios han perdido poder adquisitivo en forma sostenida, el crecimiento económico ha sido mediocre, en el mejor de los casos –cuando no ha habido una abierta contracción de la economía–, la deuda pública ha crecido de manera injustificable, el desempleo y los índices de pobreza se han disparado. Al mismo tiempo, el agro ha experimentado una ofensiva sistemática e implacable debido a la apertura de mercados y al abandono oficial, los asalariados han perdido derechos y han asistido a una hostilidad constante del poder hacia sus organizaciones independientes.

 

En el ámbito social han proliferado la marginalidad y la desintegración, los sistemas de salud y educación públicas han experimentado un deterioro inocultable y, lo más grave, ha tenido lugar un retroceso ético propiciado por la difusión de los principios del mercado como mecanismo central del funcionamiento del país: competitividad, rentabilidad, productividad y oportunidad, en detrimento de la solidaridad, los derechos y el bien común. En ese entorno económico y social la delincuencia organizada ha encontrado un caldo de cultivo óptimo y ha ganado capacidad de cooptación e infiltración, poder de fuego y control territorial que habrían sido inconcebibles hasta hace 10 o 15 años, y la seguridad pública y la vigencia del estado de derecho se han convertido en frases huecas en diversas regiones del país.

 

La esfera política e institucional ha sido llevada a una abierta crisis de representatividad y legitimidad y la distancia entre el México formal y el México real ha crecido hasta volverse abismal. Las instituciones se descomponen conforme son puestas al servicio de intereses corporativos y dejan de regirse en función del interés general y nacional. La soberanía nacional ha sido severamente debilitada y la política exterior –que durante buena parte del siglo pasado fue orgullo del país– luce hoy errática y carente de principios y orientaciones firmes. Salvo por el breve interregno de apertura democrática que ocurrió entre la elección federal de 1997 y la de 2003 –periodo en el cual tuvo lugar una alternancia de membretes que en nada alteró la corrupción sistémica, el curso del modelo económico o la impunidad imperantes–, los procesos electorales y el sistema de partidos experimentan un déficit de credibilidad similar al de hace 40 o 50 años.

 

Pero en ese lapso la sociedad no ha permanecido inmóvil, y sectores crecientes de ella han ido acumulando conocimiento y experiencia en la defensa y la promoción de derechos, conquistas y garantías. En este difícil lapso, La Jornada ha dado cuenta a sus lectores de los procesos de devastación y descomposición, pero también de las gestas sociales –desde la organización popular espontánea surgida tras los sismos ocurridos hace 28 años en el centro del país hasta las movilizaciones actuales en contra de las reformas estructurales en curso– y lo ha hecho siempre buscando el equilibrio informativo y la fidelidad a la línea editorial trazada en aquel ya lejano 1984, cuando un grupo de informadores, académicos, artistas, dirigentes sociales y políticos, así como ciudadanos simples se fijaron como meta echar a andar un proyecto informativo independiente, crítico, veraz y al servicio de la sociedad.

 

En los 29 años transcurridos desde entonces este medio ha atravesado por dificultades innumerables, por la animadversión de poderes políticos y económicos y por la maledicencia repetida de quienes habrían querido usar al diario como instrumento de promoción de sus propios intereses. Si, pese a todo, La Jornada ha sobrevivido, se ha consolidado y se ha situado como punto de referencia del acontecer nacional, tanto en México como en el extranjero, ello se debe al apego a los principios fundacionales, al espíritu de equipo de sus trabajadores y, sobre todo, a sus lectores, para quienes este diario es un espacio indispensable.

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