La realidad aumentada (cobertura informativa sobre Japón)


  • DEFENSORA DEL LECTOR. Los lectores critican que se informe de las protestas de funcionarios de Wisconsin y no de las de Murcia. Lectores de Tokio consideran alarmista la información sobre Japón

MILAGROS PÉREZ OLIVA , defensora del lector de El País 20/03/2011

Los lectores pueden dirigirse a la Defensora del Lector al correo electrónico defensora@elpais.es o telefonear al número 913 378 200.

La cobertura informativa del terremoto de Japón y sus secuelas ha mostrado una vez más los cambios que la globalización introduce en las dinámicas informativas. El hecho de que los medios puedan transmitir en directo lo que ocurre en cualquier parte del mundo está modificando la forma de percibir la realidad y puede ocurrir incluso que la sensación de alarma sea mayor en el otro extremo del planeta que en el lugar donde ocurre la tragedia. Durante la última semana he recibido numerosas cartas y llamadas en relación con la cobertura del terremoto de Japón. Algunas para señalar errores o sesgos en la información sobre el accidente nuclear que ustedes pueden encontrar en la página de la Defensora, en ELPAIS.com. Pero muchas otras tienen que ver con esos cambios.

  • La prensa ha contribuido a propagar la sensación de miedo e histeria”

Para comenzar, los medios pueden abarcar el mundo entero, pero el mundo entero no cabe en los medios. Ni siquiera en las ediciones digitales. De modo que la globalización informativa comporta también un cambio en los criterios de valoración de las noticias. El criterio de lo próximo, por ejemplo, que era tan importante, compite ahora con el de lo excepcional. Puesto que el foco de los medios puede rastrear el mundo entero constantemente, siempre habrá algún acontecimiento excepcional al que prestar atención. Y con frecuencia un suceso excepcional tapa al anterior. Lo hemos visto esta semana. La dimensión de lo ocurrido en Japón justificaba sin duda un importante despliegue informativo. Pero ha desplazado casi por completo a las revueltas ciudadanas del Magreb. Juan Ribó me escribió para lamentar que este súbito apagón informativo permitiera a Gadafi “cebarse cómodamente, sin los focos internacionales, sobre los últimos reductos de la oposición”. El conflicto de Libia recobró visibilidad el viernes con la resolución de Naciones Unidas, pero muchas otras realidades permanecen sepultadas. Yolanda Robledo, de Logroño, comparte el interés por el terremoto de Japón y por la crisis de Libia, pero lamenta el olvido de “Costa de Marfil y la tragedia que está viviendo, con gente armada en las calles, con los bancos cerrados y sin alimentos”. Teme que “ese país solo sea de interés cuando el desastre ya sea demasiado grande”.

A veces, esa misma globalización provoca agravios que a los lectores les cuesta entender. El 22 de febrero, coincidiendo con la novena manifestación de funcionarios en Murcia contra los recortes salariales y de derechos laborales, la profesora Esperanza Moreno me escribía escandalizada porque EL PAÍS no hubiera informado de estas movilizaciones y en cambio hubiera dado cumplida cobertura a unas protestas por motivos similares en Wisconsin (EE UU).”Hubo 60.000 personas en la más numerosa de las manifestaciones de Murcia. Ahora le cuentan ustedes a toda España la manifestación de 70.000 funcionarios de Wisconsin. Si conseguimos 10.000 más, ¿ya lo van a contar?”, preguntaba Esperanza Moreno, enfadada. En el mismo argumento abundaba Fuensanta Muñoz, también profesora de Secundaria. Isabel Andreu insistía el 2 de marzo: “Lo que ocurre en Murcia es casi una calcomanía de lo que pasa en Wisconsin. ¿Por qué les importa más lo que ocurra fuera? ¿Somos invisibles?”.

Para desesperación de sus protagonistas, lo que queda fuera de los medios es como si no existiera. En cambio, allí donde los medios sitúan sus potentes focos se produce el efecto contrario: se crea lo que podemos denominar una realidad aumentada. No solo lo que ocurre; todos los antecedentes y todo lo que pueda estar relacionado con ese suceso cobra una nueva dimensión. No es propiamente un fenómeno de exageración, aunque en algunos casos también puede haberla. Es una forma de estirar la realidad que en ocasiones da la impresión de desmesura.

Hans Castor me escribió el lunes lo siguiente: “Bajo el título ¿Cine nuclear? No, gracias ofrecen ustedes una noticia de mal gusto y peor estilo. Me parece impropio y frívolo publicar esta noticia en medio de una catástrofe. Los periodistas estamos para informar de forma veraz, rigurosa y aséptica, sin recurrir ni a la alarma ni a la exageración”. ¿Se ha hecho alarmismo? ¿Era pertinente incluir una pieza sobre cómo ha tratado el cine la amenaza nuclear?

Guillermo Altares, redactor jefe de la edición digital, cree que no se ha exagerado. Respecto al tema del cine, opina: “No veo la frivolidad por ningún lado. Creo que la cultura forma parte de la vida y de la realidad, y es interesante contar cómo el cine ha narrado los desastres atómicos del pasado. The New York Times publicó el martes un artículo sobre cómo se refleja en Godzilla el temor japonés a lo nuclear”. Tratar temas como este puede ser pertinente. Pero también es uno de los mecanismos que contribuye al efecto lupa.

El factor que más contribuye, sin embargo, al fenómeno de la realidad aumentada es la sinergia entre los propios medios, abocados a una competencia que en estos casos, dado el gran volumen de material gráfico e informativo disponible, suele dirimirse en el terreno de la cantidad.

Y tambien lo que podríamos definir como sinergias de composición. Es decir, la suma de elementos. Andrés Peña me escribió en relación a una portada de ELPAIS.com del jueves. Sin ser mentira lo que en ella se dice, la composición es un ejemplo claro, en mi opinión, de realidad aumentada. En algunas ocasiones la portada aparecía encabezada por una galería de excelentes fotografías que ocupaban todo el ancho, de modo que el titular principal quedaba debajo. Ese día se mostraba una foto de la agencia Getty en la que se veía un gran número de gente intentando acceder a una estación. “Viajeros acceden a los andenes en la estación de Ikerbukuru”, rezaba el pie. Debajo, el titular principal decía: Varios países preparan la evacuación de sus ciudadanos. Y al lado, en Eskup, sobre una foto, decía: “Calles desiertas en Tokio”.

La lectura global era unívoca: la gente huye de Tokio. Pero Andrés Peña me advierte de un detalle: el pie de foto de la agencia Getty es algo diferente: “Los viajeros se agolpan frente a las taquillas de la estación de Ikerbukuru para viajar de vuelta a casa”. El diario no ha mentido, pero no es lo mismo volver a casa que salir huyendo de la ciudad. Esa omisión cambia por completo el significado de la foto.

La cuestión es que ahora, gracias a su edición digital, EL PAÍS puede ser leído también en Tokio. Y desde allí me escriben varios lectores indignados por este tratamiento. Una lectora que se identifica como Sato, licenciada en Sociología, asegura que lee el diario porque lo considera un medio serio. “Por eso hoy he leído con tristeza y cierta indignación algunas equivocaciones sobre el terremoto”. Son varias y las enumera con detalle. La primera es la foto de la supuesta huida. “El Gobierno había anunciado que había la posibilidad de un apagón programado y por eso la gente intentaba volver antes a casa”, explica. En Europa se ha puesto el acento en el riesgo de fuga radiactiva, pero no era eso, según Sato, lo que más preocupaba a los ciudadanos de Tokio, sino la posibilidad de un nuevo terremoto de gran magnitud.

Inko Elgezua, un estudiante español de la Universidad de Waseda (Tokio), me escribe también una larga carta con numerosos ejemplos de lo que considera una cobertura exagerada o poco precisa. Cree que la prensa europea en general (“EL PAÍS ha sido de los más moderados”, escribe) ha contribuido a “propagar la sensación de inseguridad, miedo e histeria entre la comunidad internacional de Japón”. Tenían más miedo, dice, los familiares y amigos de Europa que quienes estaban en Tokio.

Estas son algunas de las distorsiones de la globalización informativa que contribuyen a la cultura de la urgencia y a ese síndrome del presente agónico que con frecuencia invade las pantallas. Sería bueno que aplicáramos medidas de contención.

 

 

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