Cuando veas a tu político llorar…


Por Álvaro Cueva, publicado en Milenio

¿Usted le ha mentado la madre al jefe de Gobierno, a su alcalde o a su gobernador? ¿Usted ha insultado al Presidente o ha despotricado contra los diputados y senadores?

Entonces tiene que luchar con todas sus fuerzas por ver Boss, la serie que TNT va a estrenar mañana a las 22:00 horas.

¿Por qué? Porque va con dedicatoria para todos los que alguna vez han hablado mal de los políticos, pero no sólo eso, va con dedicatoria para empresarios y periodistas.

Es una obra maestra monumental, una serie apasionante, un título indispensable para todo aquel que tenga sangre en las venas.

Boss es tan buena que con razón TNT, una señal especializada en cine, se está aventando la puntada de transmitirla como su platillo fuerte del mes.

No hay manera de verla y de no caer rendido ante su historia, ante su elenco, ante sus actuaciones, ante su realización, ante su producción y ante todo.

Hasta pena me da escribirle de ella después de haberle escrito tantas maravillas de tantas series como Homeland, Touch y Magic city pero, la verdad, se están haciendo demasiadas magníficas series de televisión en este momento y usted no se puede perder ninguna, especialmente ésta.

¿Por qué especialmente ésta? Porque haga de cuenta que nos la hicieron a los mexicanos de 2012.

Kelsey Grammer, la estelariza.

Uno la mira y no hay manera de no acordarse de lo que Fernández Noroña dijo de Calderón, de los desmayos de Josefina Vázquez Mota y de una larga lista de trascendidos sobre la vida privada de nuestras máximas figuras públicas.

Boss narra las aventuras del alcalde de Chicago a quien le diagnostican una enfermedad rarísima que lo condena a una muerte lenta, larga y dolorosa, y que, evidentemente, afectará todas sus decisiones.

El señor no quiere que nadie, ni siquiera su familia, se entere, y a partir de ahí imagínese todo lo que quiera, guste y mande.

Desde el periodista que sospecha e investiga hasta el enemigo político que amenaza de la manera más horripilante a la única doctora que sabe que el señor está enfermo.

Pasando por sus rivales, sus aliados, sus detractores, sus colaboradores, su esposa, su hija y lo poco o mucho que este personaje está haciendo en cuanto a leyes, obras, relaciones públicas y medios de comunicación.

No es la primera vez que algo así se maneja en una serie de televisión, acuérdese de The west wing, sólo que Boss lo lleva al límite de la pasión, la emoción, la reflexión y el entretenimiento.

Para que entienda la magnitud de serie de televisión de la que le estoy escribiendo, suponga que estuviéramos hablando de una producción de Televisa o de Azteca, de un político mexicano y de partidos nacionales con nombre y apellido.

¡A que nadie se atrevería a tanto! ¡A que nadie tendría los pantalones para hacerlo! ¡A que ni la mismísima autoridad permitiría que un programa así se transmitiera en México, mucho menos en un momento electoral como éste!

Pues entonces vea Boss y tradúzcala. Le juro que le abrirá los ojos sobre muchas cosas negativas y positivas.

Y es que aquí, a diferencia de otras emisiones con tintes políticos que hemos visto en los últimos años, pasa algo que no había pasado nunca: nos enteramos de la joda que es gobernar.

Perdóneme que utilice esta palabra pero no hay otra manera de decirlo. En México estamos acostumbrados a hablar mal de los políticos, pero su vida no es nada fácil.

Entre que los bloquean, entre que los aturden, entre que los espían y entre que los destruyen, no hay manera de que hagan algo.

Boss nos habla de eso y, lo peor, lo hace a través de casos que invariablemente nos van a recordar cosas como cuando el protagonista de esta serie quiere construir una ampliación del aeropuerto. ¿Le suena?

Cuando usted vea nada más eso se va a dar cuenta de lo complicado que puede ser hacer algo tan aparentemente simple como conseguir la ampliación de un aeropuerto.

Imagínese lo demás. Imagínese, por ejemplo, la parte íntima.

¡Qué infierno de vida matrimonial! ¡Qué infierno de relación padre-hijos! ¡Qué infierno de sexo! ¡Y qué infierno para todo, desde hablar por celular hasta comprar un medicamento delicado!

En el capítulo de mañana hay una escena, casi al principio, en la que el alcalde de Chicago llora a escondidas, francamente memorable porque de seguro así le pasa a muchos políticos. No se la vaya a perder.

No y ni hablemos de la parte de la prensa. Boss, en lugar de poner a la prensa en la posición heroica en que muchas casas productoras la han puesto últimamente, la critica con violencia.

Y todavía no le hablo de la extraordinaria actuación de Kelsey Grammer (Frasier), el gran protagonista de este proyecto, ni del prodigio audiovisual que representa esta obra de arte. ¡Qué locura!

Mire, no perdamos el tiempo. Boss da para muchas columnas. Usted, véala. No le va a gustar, le va a encantar. Se lo prometo.

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