Prensa y memoria para todos
Por Héctor Aguilar Camín, publicado en Milenio
Hace unos días la UNAM ha obrado a su manera el milagro de los panes y los peces, ese en el que repartir a muchos no significa escasez sino abundancia.
La UNAM ha puesto en su bandeja electrónica, allá en el ángulo inferior derecho de su portal, un inocente logo que remite a la Hemeroteca Nacional de México.
Quien pique ese ícono entrará, como Alí Babá con las palabras mágicas, a la cueva inesperada del tesoro. Tras el modesto ícono, como tras las burdas piedras de la cueva del cuento, se encuentran, a la mano de quien quiera tomarlos, todos y cada uno de los diarios, de sus planas, sus notas y noticias y todos los nombres acumulados en la memoria periodística de México, precisamente la del acervo de la Hemeroteca Nacional, hasta hoy un templo de materia inerte por cuyas paredes de papel impenetrable sólo podían abrirse paso los iniciados que iban en persona a consultarlas.
La UNAM ha digitalizado ese universo y lo ha puesto a disposición de quien pique desde su computadora el inocente ícono. Podrá preguntar ahí por todas y cada una de las cosas que haya registrado la prensa, y haya conservado la hemeroteca, en los últimos siglos del caso.
Yo he preguntado ahí por la más difícil, menos ilustre y menos periodística de las criaturas, una adivina de los años 50 que tuvo, sin conocerme, la mayor influencia sobre mi vida, por los inesperados caminos del azar que acaso contaré en un libro.
Puse su nombre de guerra, Nelly Mulley, y antes de que pudiera pensar lo que sucedía tenía frente a mí los cuatro registros, y luego las ocho planas de los diarios El Nacional y El Universal, de 1950 y 1952, documentando ante mis ojos la más inesperada de las guerras: la que libró el gobierno de la Ciudad de México, por ignotas razones que en otras consultas averiguaré, contra el circuito de adivinadoras, quirománticas y consultoras espirituales que satisfacían, por unos cuantos pesos terrenales, la necesidad ultraterrena de saber y cambiar la propia suerte.
Repartiendo lo que tiene a quien quiera tomarlo, la UNAM ha obrado el milagro digital de multiplicar lo que regala por el número de usuarios que acceden a llevarse gratuitamente lo que buscan.
Me crucé en un convivio gratísimo con mi célebre vecino, el rector de la UNAM, y advirtiéndole que iba a decirle una exageración le dije que al compartir digitalmente el tesoro de la hemeroteca, la UNAM había dado un salto civilizatorio. A lo que él respondió que en materia de compartir digitalmente lo que tienen, no han hecho sino empezar.
Por lo pronto: prensa y memoria para todos.
acamin@milenio.com