Candidatos milagro

Candidatos milagro

Por Mario Campos, publicado en El Universal

¿Conoce usted los productos milagro? Son muy fáciles de reconocer: prometen resultados inmediatos, demandan el menor esfuerzo y se venden como una solución infalibre. Basta con adquirirlos para resolver cualquier problema de salud: permiten bajar de peso, controlar la presión, disminuir los niveles de azucar y colesterol y con suerte hasta mejoran la letra de quien los consume. Están en todas partes y serían una caricartura digna de risa de no ser por la cantidad de gente que día a día gasta miles de pesos en esos productos.

El problema es que esa venta – con sus altos costos para la cartera, y en ocasiones para la salud – también se encuentra en el campo de la política. Espacio en que se exhiben productos que ofrecen los mismos incentivos que los productos milagro.

La descripción, es cierto, aplica casi para cualquier candidato, desde el ex Presidente Vicente Fox, pasando por el ahora impopular Barack Obama o el adelantado (¿pre?) candidato presidencial Enrique Peña Nieto. Hombres que han encontrado -según las encuestas de su tiempo – audiencias deseosas de entregarse a sus promesas, en buena medida motivados por una realidad incómoda que les hace rendirse ante hombres-producto milagro capaces de cambiar la crudad verdad sólo con su llegada.

Como sabemos los mexicanos – y ahora perciben buen parte de los estadounidenses – por más atractivo que resulte el modelo, en los hechos los resultados siempre quedan por debajo de lo esperado. La razón es muy simple: los problemas de un país – como los de salud – no se resuelven únicamente con la volutad de una persona, y por lo general obedecen a factores mucho más complejos que dificilmente se pueden revertir con una mera proclamación de fe.

¿O alguien cree que en realidad los políticos no quisieran – si estuviera en sus manos – pasar a la historia como los que resolvieron la pobreza, acabaron con el desempleo y lograron la paz mundial? No es un problema de voluntad, sino de la capacidad real de mover a un sistema político, económico, social. No se trata mover a una persona sino de transformar todo un país.

Y es ahí donde se pierde el encanto. Donde el que compra la máquina para bajar de peso de inmediato descubre que si sigue comiendo lo mismo no cambiará de talla, que el que esperaba tener pelo sólo por traer una pulsera descubrirá que la genética es más poderosa, y que el que confía en que su mundo cambie porque llegó una nueva persona al poder, comprobará una vez más que las cosas seguirán siendo igual un día después de la elección.

Va siendo hora de que pensemos mejor qué hacer con nuestro dinero, nuestros votos y nuestra esperanza para no andarlos derrochando.

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