Por Salvador Camarena, publicado en El Universal
En 2008, un periodista que llevaba algunos meses en Tamaulipas fue invitado a desayunar por un funcionario del gobierno de aquel estado. Tenían conocidos en común de otros tiempos y latitudes. Al periodista le hirvió la sangre cuando escuchó el mensaje del personero. “Acuérdese”, dijo el burócrata con la parsimonia lo trillado, “que el gobierno paga, pero el narco pega”. El comunicador quedó sumido en la impotencia cuando no supo dilucidar si el recadero hablaba a nombre de los criminales, del gobierno o de ambos. Presento este testimonio más por cuestión de estilo, porque la verdad es que para abordar el tema de hoy no es necesario citar caso alguno.
Los criminales nos han declarado, a los periodistas, la guerra; no sucedió esta semana, sino mucho antes. Nos quieren fuera de combate, buscan inutilizarnos. Pensándolo bien, es aún peor: no nos quieren callados, sino a su servicio. Las alertas de que esto se avecinaba llevan tiempo encendiéndose, el mismo lapso que hemos decidido ignorarlas. En los últimos años, acaso hemos escuchado lamentos aislados, denuncias solitarias, pálidas protestas. Pero nuestra respuesta colectiva a cada agravio es pobre, cobarde. Hoy la amenaza es una realidad brutal, y nadie puede ser indiferente ante ella.
El asalto de los delincuentes nos toma más desunidos que nunca. Somos un gremio chiquito, mezquinos los unos con los otros. Quien haya ido a congresos de periodistas en Estados Unidos lo sabe. Allá se respira rivalidad pero también se encumbra sin regateos a los virtuosos y decanos. En México, que cada quien saque las cuentas de sus contribuciones. No somos un colectivo generoso, de reglas claras, de solidaridad en la desgracia, donde el ataque a uno duele a todos. A unos no les perdonamos su éxito, a otros su protagonismo. El grito de batalla para evaluar la información ajena es a partir de quien la firma, para luego sentenciar que el autor, autora, “es un pendejo (a)”.
Al recibir el Premio Nacional de Periodismo 2005, el fallecido Jesús Blancornelas, del semanario Zeta, alzó la voz por los periodistas perseguidos del norte y reclamó a los colegas del centro su abandono. Dijo que en general “nos gana el celo nacido de los logotipos. La competencia nos vuelve indiferentes. La víctima no es motivo de solidaridad”.
A ver quién de mis colegas niega que al oír sobre un atentado contra un periodista su primer impulso no es la consternación, sino la suspicacia. Nos quejamos de la criminalización que hace el gobierno y somos los primeros que pisoteamos la presunción de inocencia; con ello, querrámoslo o no, regalamos a los fiscales el margen de maniobra que necesitan para no investigar, para enterrar la posibilidad de hallar culpables. Por todo lo anterior, estoy seguro de que la condición indispensable e inicial que tendremos que acordar como gremio, individuos y empresas periodísticas, si pretendemos resistir y derrotar a este sanguinario enemigo, es asumir que para defender a uno, todos tenemos que defender a todos, sin excepción. Y un segundo paso deberá ser desterrar de inmediato la idea de que en el país hay regiones donde no podemos hacer nuestro oficio, como ya se asume hoy en muchas redacciones.
Cualquiera que sea la resolución de la actual crisis —y hago votos porque termine con todos los colegas de regreso a su trabajo y su familia— no quiero pensar en lo que puede pasar si después de esto no pasa nada.