¿Comunicación o propaganda?
Por Mario Luis Fuentes, publicado en Excélsior
El gobierno federal está cometiendo errores graves en cómo envía información a los ciudadanos. Esto, debido a la moda que se instauró desde principios de la década, consistente en comunicar sólo lo que mandan las encuestas, pues pareciera que quien llega al gobierno está obligado a mantener altos índices de popularidad, en lugar de altos índices de eficacia.
Resulta poco útil para el fortalecimiento de las instituciones que las oficinas de comunicación social estén siendo sustituidas por despachos de diseño de imagen, que en vez de construir mensajes claros sobre el estado de la administración y el desarrollo del país, intentan darnos cada día “píldoras de optimismo”, como si el papel de los gobernantes fuese fungir como motivadores colectivos, antes que responsables de cumplir con los mandatos de la Constitución.
En consecuencia, las instituciones del Estado han asumido que la propaganda puede sustituir a la comunicación social, y distorsionan con ello la esencia de la rendición de cuentas; es decir, sus actuales políticas buscan publicitar acciones de gobierno o el posicionamiento de personajes, antes que proporcionar información útil para la toma de decisiones.
La comunicación social del gobierno está desperdiciando, así, la oportunidad histórica de aprovechar todos los instrumentos con que hoy contamos para difundir y posicionar adecuadamente mensajes. El ejemplo más visible es la reducción de los festejos de los centenarios a meras ferias populares, concebidas además desde una posición conservadora que, si pudiera, haría espacio a figuras como la de Agustín de Iturbide, el imperialista, o al mismo dictador Porfirio Díaz, como sinónimos de modernización nacional.
Como resultado, tenemos a un gobierno que envía mensajes cada vez más erráticos. Ante la crisis por la que continuamos atravesando, se ha perdido la oportunidad de hablar claramente; de advertirnos con sobriedad de lo difícil de los tiempos que están por venir en los próximos dos años y, con base en ello, convocar a la unidad nacional para, de una vez por todas, realizar una verdadera transición que, tanto en lo político como en lo social, permitan fundamentar un proyecto nacional justo y equitativo.
Los ciudadanos no podemos seguir aceptando una política de comunicación errática en la que, por citar sólo un ejemplo más, por un lado presume la supuesta “enorme” cantidad de empleos que se han creado a lo largo de 2010; pero, por el otro, el INEGI nos dice que la tasa de desocupación creció entre marzo y abril de este año.
¿Cómo pueden tomarse decisiones de inversión productiva e incluso al nivel del consumo individual, con mensajes tan erráticos? Cuando la información no es precisa o está manipulada para mentir, puede generarse una cadena de errores que en la mayoría de los casos se torna irreversible y cuyos costos finales o de reparación terminan por truncar desde posibilidades para el desarrollo nacional hasta proyectos personales y familiares.
El riesgo que corremos en esta circunstancia es que, ante la mentira generalizada, nuestra democracia le dé la espalda al principio elemental de cualquier diálogo honesto: hablar con la verdad y asumir la lógica del mejor argumento.
La mentira política no es la ruta con miras a la generación de los grandes acuerdos que le urgen a México para convertirse en una nación social; por ello debemos recordar que el intento de manipulación de la opinión pública, si se permite, puede pasar, de una práctica autoritaria, a otra con intentos fascistas.
*Director del CEIDAS, A. C.