Peter Edwards “Para entrevistar a la mafia es mejor ir con el capo”

Por Pascal Beltrán Del Río, publicado en Excélsior

El reportero, quien cubre la fuente judicial del Toronto Star, asegura que siempre ha estado interesado en cómo surgen los grupos criminales y cómo evolucionan

Primera de dos partes

Cuando uno piensa en experiencias sobre la cobertura periodística del crimen organizado y sus acciones, la mente lo traslada casi en automático a Colombia. En aquel país, los medios han padecido diversos atentados, como el asesinato del director del diario El Espectador, Guillermo Cano, en 1986, o el bombazo contra el mismo diario, en 1989.

Empero, las dudas y dificultades que enfrentan los informadores en este tipo de coberturas no se limitan al mundo en desarrollo. En Canadá ha habido periodistas amenazados y baleados por narcotraficantes, y en sus redacciones también se han generado debates, como los que ocupan actualmente a los medios en México: cómo y qué tanto acercarse a una fuente del mundo criminal, cómo protegerse ante eventuales ataques, qué lugar otorgar a las historias y fotos relacionadas con violencia…

En 2004, dos periodistas de esa nación, Peter Edwards y Michel Auger, publicaron su Enciclopedia del crimen organizado canadiense, fruto de sus experiencias al reportear durante muchos años sobre las actividades de grupos mafiosos de su país.

Edwards, reportero del diario Toronto Star, y Auger, un veterano periodista quebequense, quien fue baleado por un sicario en 2000 a causa de sus investigaciones, han escrito centenares de notas y varios libros sobre el crimen organizado. Ambos aceptaron ser entrevistados por Excélsior para compartir sus reflexiones sobre el trabajo que realizan los periodistas sobre este tema.

Peter Edwards comenzó a cubrir el crimen organizado a finales de los años ochenta. “El Toronto Star es un periódico muy grande relata, en entrevista vía telefónica— y yo estaba buscando reportear cosas sobre las cuales no mucha gente estaba escribiendo. Quería encontrar un nicho. Además, como estudié historia, siempre he estado muy interesado en cómo surgen los grupos criminales y cómo evolucionan”.

¿Cómo era el crimen organizado en Canadá cuando usted comenzó a reportear?

Había algunos peligros. Por ejemplo, había un reportero en los setenta que fue baleado en Quebec. Esa provincia es mucho más violenta que la mía (Ontario) y creo que es porque está directamente al norte de Nueva York, lo que facilita el tráfico de drogas. En Quebec, a finales de los noventa y mediados de la década de 2000, hubo unos 170 muertos durante una guerra entre grupos criminales.

Edwards explica que los grupos mafiosos en Toronto consisten, sobre todo, en bandas o clubes de motociclistas (bikers), quienes entregan las drogas a domicilio.

“Canadá no es un país de trasiego de drogas, es un país de consumo”, aclara. “Yo siempre digo que si hay drogas en las calles es porque alguien las está comprando. Y creo que los consumidores son una parte del problema, como lo son los narcotraficantes”.

En 2000, balearon y casi matan a Michel Auger. ¿Qué significó eso para el periodismo canadiense y para reporteros como usted?

Sí, le dieron siete balazos, y creo que lo hicieron para mandarle un mensaje a todos los periodistas: “Si investigan lo que hacemos les puede pasar esto”. Lo realmente admirable es que Michel siguió reporteando como lo venía haciendo. El libro que escribimos juntos se publicó después del atentado en su contra, y él todavía publicó otro más, en el que relata su experiencia. Él no quería dar a los criminales la impresión de que un atentado servía para intimidar a la gente. Así que Michel nos hizo un gran favor a todos, incluyendo a mí. Fue muy valiente.

Actualmente, Edwards promueve un libro de su autoría The Bandido massacre, una reconstrucción sobre el asesinato múltiple de una banda de bikers ocurrido en abril de 2006, en el pequeño poblado de Shedden, Ontario. La masacre fue atribuida originalmente a una banda rival, pero la investigación de Edwards reveló que se había tratado de un ajuste de cuentas interno. Seis hombres conectados con la banda fueron condenados por homicidio premeditado.

¿A usted le llegó el mensaje que mandaron los criminales mediante el atentado a Auger? ¿Lo hizo tener más cuidado?

Me puso a pensar en los peligros de mi profesión. Hace unos años, a fines de los años 80, fui a Sicilia y me encontré con un reportero que cubría la mafia, y él habló de cosas que lo meten a uno en problemas y cosas que no. De alguna manera, yo ya había tomado conciencia sobre ese punto. Me dijo que algo que podía meter en problemas a un reportero era interferir con un negocio en curso, escribir algo que haga que esa gente pierda dinero, como escribir sobre la familia de alguien o poner a un mafioso en vergüenza.

Como reportero, ¿hay que mantenerse lejos de cosas así?

O si lo haces debes ser más cuidadoso. Si lo haces tienes que estar preparado para que la gente se enoje. Por ejemplo, había alguien de un club de motociclistas que estaba enojado conmigo, pero yo sabía que él no salía del área donde vivía, así que nunca me aventuraba por esa área.

Las fuentes son muy distintas cuando uno cubre crimen organizado que cuando es cualquier otro tema. ¿Cómo trata a sus fuentes?

Busco maneras de acercarme a la información. Con los Bandidos traté de hablar de gente que estaba en ese club o que lo había dejado y estaban curiosos de saber sobre la masacre. Muchos me buscaron, y la verdad es que internet ha vuelto más fácil hacer el primer contacto.

¿Cómo te acercas a un líder del crimen organizado? ¿Se le puede entrevistar a alguien peligroso?

Cuando tengo que hablar con ellos les digo que si no soy yo alguien más lo hará, así que mejor hablan conmigo de una vez. Por lo menos saben que yo los escucharé. A un tipo le dije: “La gente de todos modos piensa lo peor de usted, así que yo estoy dispuesto a publicar lo que me diga”. He tratado siempre de que el tema no se vuelva personal, pues yo sólo soy la cara del periódico. He encontrado que es más fácil mi trabajo si me ven calmado; si no quieren hablar, yo me voy y listo.

“Aun así, siempre hay problemas. Alguien de un grupo mafioso estaba muy enojado conmigo, porque yo estaba escribiendo sobre su negocio familiar y a su padre le había dado un infarto. Él sentía que yo lo había causado. Ese tipo tenía un verdadero problema conmigo. También he visto, con los bikers, que es mejor ir directamente a la cima de la organización. Estos grupos no son democracias y las decisiones se toman en la cúpula”.

¿Estos grupos están interesados en hablar de lo que hacen?

Las bandas de motociclistas creen que es un código de comportamiento no decir algo de un rival que lo pueda llevar a la cárcel. Sin embargo, hablan en términos generales sobre lo que hacen. Por ejemplo, cuando se dio la masacre, le llamé a alguien de un club rival y le dije: “Todo mundo piensa que tú lo hiciste, ¿cuál es tu reacción?”. Ante algo así, yo creo que él agradeció la llamada, porque su club no había cometido los asesinatos y él me dijo: “¿Y por qué los mataríamos nosotros, si no tenían nada que quisiéramos?” Resultó ser cierto.

¿Les interesa hablar de su negocio?

No. Yo me he dado cuenta que uno no les saca nada cuando están realizando negocios. De lo que quieren hablar es que no les dan bien de comer en la cárcel, de los problemas que tienen con algún rival u otros asuntos. A veces quieren argumentar sobre cosas que resultan francamente absurdas.

¿Les interesa la publicidad? ¿Que la gente los conozca y sepa su poder?

Depende, algunos tienen grandes egos. A veces les gusta la publicidad. Una vez un transeúnte fue baleado y el grupo responsable quería que la gente pensara que lamentaban el hecho. Cuando la autoridad paga mucho dinero a un informante, a veces hasta un millón de dólares, a ellos les gusta hablar de eso. Les gusta exhibir al sistema (de procuración y administración de justicia). De todos modos hay que considerar que sólo te dan una pequeña muestra de lo que realmente está sucediendo.

¿Se puede hacer una entrevista real con personajes así? ¿No son situaciones donde un reportero se siente intimidado?

— Algunos de los líderes bikers son tan viejos que no quieren ir a prisión. Uno se les puede acercar porque buscan que sus esposas o los amigos de sus hijos piensen que son tan malos como se está diciendo en la calle. Algunos de ellos hablan. El internet ayuda acercarse a esa gente sin tener que hacer contacto físico.

¿Incomoda a las autoridades tu trabajo?

— A veces les gusta, porque les ayuda a conseguir más fondos públicos para sus respectivas dependencias. Si escribimos sobre un problema, ellos pueden obtener presupuesto para combatirlo.

¿Qué piensas de que la gente que sostiene que mientras más cubres el crimen organizado, mayor crimen se genera?

No lo creo. Yo pienso que esto es un efecto de los mercados. Cuando ves la violencia en la calle es porque estos grupos no encuentran una manera eficiente de hacer negocios. Las matanzas entre grupos en Quebec tenían que ver con que estaban tratando de mantener al alza el precio de la cocaína…

¿Crees que pueda haber crimen organizado sin corrupción?

Es imposible. Lo que distingue al crimen común del crimen organizado es la corrupción. Siempre será vergonzoso para la policía cuando escribimos sobre estas cosas.

¿El beneficio de cubrir el crimen organizado es revelar a la sociedad qué tan grande es la corrupción?

Por lo menos cómo puede ser ésta un problema. Mostrar los defectos del sistema. La última vez escribí sobre un asesinato, uno de los homicidas tenía dos prohibiciones para cargar armas, y nada se había hecho para quitárselas. Así que mostré la falla del sistema; dos veces una corte le había prohibido cargar armas y lo seguía haciendo, tenía muchísimas.

¿Crees que mostrar la fuerza de estas organizaciones, y que las autoridades no pueden hacer nada contra ellas, vuelva a la gente cínica?

— Creo que hay muchas reacciones posibles, no sólo una. Se puede ser derrotista y cínico, pero nuestro trabajo es escribir sobre lo que pasa y no sólo lo que los funcionarios quieren.

Mañana, entrevista con Michel Auger, quien sobrevivió a un intento de homicidio hace diez años en Quebec, Canadá.

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