¿La hoy gravosa desilustración matará ya a la prensa de papel?
Por Víctor Roura, publicado en El Financiero,
Por todos lados, en el ámbito periodístico, ahora se discute el futuro de la prensa de papel. Se hace el elogio, excesivo tal vez, de la expansiva red electrónica en la sociedad. Internet y portales por aquí, Facebook y Twitter por allá, YouTube y los numerosos puntocom por acullá. El que no está en la web, nos advierten los árbitros empresariales, juega en un claro fuera de lugar.
Redacciones vacías
En un programa nocturno, uno de los conductores de CNN preguntaba a un especialista argentino (de El Clarín, para acabarla de amolar, en el momento en que se cuestiona a su directora por deshonestidad en su presunta participación con las autoridades en el negro periodo de las desapariciones de niños secuestrados durante la dictadura militar) dónde se miran ellos dentro de diez años cuando el periodismo, tal como hoy en día lo entendemos, esté ya difuminado de los medios de comunicación. Pues es un hecho, afirman los supuestos expertos, que la prensa, y con ella sus periodistas, va a terminar por acabar en la nada, ya que será suplida (¿desterrada?, ¿remplazada?, ¿sustituida?, ¿delegada?, ¿pospuesta?) por la información computarizada.
Y ya todos, casi todos, los noticiarios atienden, de manera desaforada e insustancializada me parece, lo que “se publica” (porque no es éste precisamente el término correcto, quizá lo adecuado sea decir “lo que se difunde” o “lo que se propaga” o “lo que se coloca”) en las redes. Porque que haya más “información” no significa, en lo absoluto, que la gente esté mejor informada. Probablemente recibe, en efecto, más datos, más cifras, más chismes, más especulaciones, pero no una veraz calidad informativa. Que algunos estudiantes del Tec de Monterrey, aprisionados en su biblioteca el horroroso día de la intervención militar, hayan enviado recados o “noticias” de su reclusión forzada en ese recinto bibliográfico, no sirvió, por desgracia, para salvar la vida a sus compañeros caídos en ese ingrato e inexplicable -y aún incomprensible- enfrentamiento entre las fuerzas armadas y un grupo sospechoso de narcotraficantes.
Luego veo en las “notas principales” o “encabezados” de los portales noticiosos (cuyo nombre también es errado, pues quizás en este caso lo prudente sea decir “lo último que se ha pescado” o “lo que se acaba de oír” o “en el reciente minuto acaba de suceder”) tendencias superficiales o anodinas: tal hermosa artista aceptó que se difundieran las imágenes de sus piernas antes y después de un photoshop, por ejemplo; o que un jugador paraguayo -un tal Viudez- acaba de ser contratado por el equipo de futbol América, como lo anunció Raúl Orvañanos tomándolo de un portal alemán el tercer domingo de abril de 2010 en uno de sus programas dando la información como “exclusiva” suya, no percatándose, por supuesto, de que con ello hacía notorio que su equipo “informativo” servía para dos viandas insulsas, y que ahora, con la “facilidad” que otorgan los ordenadores, se salpican de diversa información, que alguna acaso sí funcione de veras: al fin y al cabo, ¿quién les reclama su mediano periodismo?
Y ahí están todos, casi todos, los conductores de los medios electrónicos con su lap abierta para agarrar al vuelo lo que se desprenda de los tuiters y los feisbuc, que ya los reporteros pueden sobrar en los programas… para provecho económico de los emporios mediáticos, pues mientras menos personal periodístico tengan más estímulos financieros recibirán: no acortan sus programas ni los suspenden, pero ven maravillados que su nómina disminuye, causando una provechosa sangría en su administración privada. Pues ahora, con esto del Internet, ya los periodistas, casi todos, no quieren pararse en las redacciones, como si su oficio no requiriera de intercambios verbales, de apuntes últimos en la redacción, de vitales llamadas telefónicas entrecruzadas, de debatir con el compañero la nota publicada. Con la introducción de la telaraña digital también las redacciones han ido quedando vacías de a poco. ¿Se volverá algún día a vivir todas aquellas efervescencias parloteadoras en los pasillos de los diarios?
No.
Porque estamos situados ya en una época distinta. Ni mejor ni peor a los ayeres, sino snecillamente distinta.
Raíces mediáticas
La situación ahora es enviar la información por e-mail y que los editores se compliquen la vida ajustándola donde mejor les parezca, que para eso reciben un sueldo. Digo, ahora hasta se puede estudiar la prepa por Internet… ¡gratis! Y el invento prodigioso no sólo es capaz de eso sino incluso de servir, ahora, de puente bancario para comprar la canasta básica (más discos y libros, si en la casa hay cultura), aparte de pagar las deudas elementales de luz, agua, gas y tarjetas de crédito. ¿Para qué salir del hogar a arriesgarse a algún incidente imprevisto? También para eso está la red: para que el espectador vea en su pantalla a los muertos, descabezados, encostalados, descuartizados en esta guerra implacable, aunque parcializadora, del go- bierno contra el narcotráfico.
Y, aun así, hay quienes, en el colmo de la estulticia, quieren exigir a los diarios de papel se abstengan de publicar esta atroz carnicería para evitar, dicen los moralistas opinadores, la apología de los delitos. Periódicos como La Prensa lo ha hecho prácticamente toda su vida, y allá ella con su ética, si la posee. Televisa mandó entrevistar, durante la irrupción del zapatismo en 1994, a los que yacían en la agonía en las calles chiapanecas para que dijeran, en su propia voz, que fallecían por la crueldad guerrillera. Pues muy allá la ética de la televisora, si acaso la poseía. Pues lo que se debiera saber es que la edición informativa no puede ser reglamentada, ya que se rige por la calidad moral de su cuadro directivo. Los lectores sabían cuál era ésta, por ejemplo, en publicaciones como Alarma!, Impacto o El Heraldo, y lo saben ahora cuando leen, digamos, Milenio, Excélsior, La Jornada, EL FINANCIERO o todas esas revistas semiporno de Televisa. En sus contenidos y presentaciones, cada institución periodística se define a sí misma.
¿También se va a tratar de normar a los portales electrónicos?
Por supuesto sería, es, una tontería editorial de la prensa de papel tratar de cobijarse con los mismos mantos con que se cubre la Internet para difundir sus desplegados “noticiosos”, así como es absurdo intentar imitar en las páginas lo que se mira por la televisión. Y, sin embargo, ya varios diarios lo están haciendo, colocando en sus portadas cuerpos hermosos de mujeres bellas y futilidades opinativas de cualquier “famoso” catapultado por los emporios mediáticos en lo que algunos periodistas empresariales (los que Kapuscinski detestaba por considerarlos meros sujetos oportunistas de la comunicación) han dado en llamar “infoentretenimiento”, aduciendo que su público (“globalizado, actualizado, afín a los espectros esnobistas propagados por los canales informativos”) no puede estar desconectado, já, de sus inquietudes íntimas.
Porque los que están llevando al desastre a la prensa de papel, curiosamente, son también los mismos periodistas, que no entienden -tal vez seducidos por la magia cibernética- que, como decía José Revueltas, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Y esta voz de alarma por la desaparición de la prensa escrita ha dado pie, por supuesto, al gobierno panista, absolutamente desilustrado, a retirar -gustoso, complacido, finalmente desinteresado- su apoyo a este medio elaborado todavía en magníficas rotativas. ¿No el propio Felipe Calderón, el pasado 25 de febrero en Yucatán, dijo que a su gobierno le costaba “millones una primera plana” y a los narcotraficantes les resultaba gratuito aparecer también en las ocho columnas? No sólo reprochó a la prensa escrita su comportamiento, sino dio a entender, sin decir a cuáles publicaciones, que pagaba dinero, y mucho, para resaltar su trabajo presidencial. De allí, quizá, que prefiera por eso establecer sus partidas financieras en los emporios mediáticos, en la creencia (desilustrado su gabinete al fin, como ya dije) de que el mexicano común asienta allí sus raíces.
Dinerales en juego
Cuatrocientos millones de personas están conectadas en FaceBook, pero ello no impedirá el arribo de dictadores, el próximo estallido de una bomba en alguna plaza pública realizado por un grupo extremista, la embestida de un pederasta -cura o no-, el inicio de una guerra por juicios raciales, los secuestros, el siguiente ajuste de cuentas mafioso. Si el Internet ha sido recibido con éxito en las sociedades tecnologizadas es, me parece, porque nos acompaña en la impresión de que no estamos solos en el mundo, aunque en realidad lo estemos. Y si ahora se habla con [cierta] certeza sobre la desaparición de algunas costumbres “del pasado” debido a esta construcción electrónica es porque hay demasiado dinero en juego: la invención de la red no sólo es, en efecto, un portentoso hallazgo de comunicación sino trae aparejado, también, un implacable apetito pecuniario, que año con año (¡año con año!) modifica sus programas obligando a sus usuarios a renovarlos, so pena de verse disminuidos ante los otros por su incomprensible retraso tecnológico. ¡Los periodistas suplieron con entusiasmo sus viejas máquinas de escribir por estas curiosas computadoras sin saber que, al someterse a la modernidad, aceptaban asimismo voluntariamente su propio lento suicidio! Gabriel García Márquez declaró jubiloso, ya con uno de estos aparatos en su escritorio, que de haber tenido uno así antes en lugar de una novela hubiera escrito tres o cuatro de manera simultánea. El gozo por la tecnología no cabía, tan grande era, en su cabal comprensión.
Ahora, a una veintena de años de esta cálida recepción a la red “interplanetaria” que uniría a los países “como si fueran uno solo”, los periódicos, como nunca antes, están en crisis porque los jóvenes, apresurados como son, prefieren leer unas cuantas líneas para enterarse de cómo va el mundo, no para reflexionar acerca de su anatomía. Así como ahora prefieren una canción, no la concepción artística completa de un grupo, si acaso la poseen, improvisados y raudos como son la mayoría (¿para qué preocuparse por el estilo y la línea si con una sola composición se pueden volver megamillonarios?), del mismo modo se informan: en corto y con premura, pues vaya uno a saber de dónde han sacado la idea de que la información debe ser sucinta, veloz, sin matices, directa, ob-je-ti-va.
Lo que no he oído ni leído en ninguna parte es que esta asombrosa uniformidad “informativa”, proveniente de esta invención tecnológica, también se debe -aunque debería remarcarse que sobre todo debido a ello- a la pavorosa desilustración que el mundo está viviendo en materia cultural: no es que ahora se lea menos -eso no es cierto, pues la maquinaria editorial todavía funciona-, sino que estamos viviendo una apresurada lectura de las cosas, de ahí la velocidad “informativa” que están imponiendo -o se empeñan en imponer- los mercaderes del periodismo, en vez de formular los planteamientos de una manera reflexiva, pausada, cuestionadora (¡para eso están, carajo, los magníficos periódicos!). Ahora, con la banalidad mediática, a la gente se le ha obligado -o se la ha contaminado, pues- a mirar a la sociedad de otro modo: pareciera que lo único valioso de esta vida es la moda, el enriquecimiento, la trivialidad, la belleza, el morbo. Y el espectador ha empezado a desilustrarse de forma paralela a sus instituciones, a sus empresas, a sus gobiernos, a sus medios, a sus sociedades vecinales. De allí que ahora importe el apremio, no la cavilación; la diversión instantánea, no la tesis prolongada; la espontaneidad exitosa, no el calculado estudio; la ocurrencia ingeniosa, no la sabiduría; el dinero, no el decoro; la comicidad, no el humor; la pose, no la ética.
Y es precisamente esta gravosa desilustración pública la que ha empezado a enterrar a la buena -y necesaria- prensa de papel.
¿Extemporaneidad?
Se debate sobre la supuesta extemporaneidad de los periodistas que escriben en periódicos -valga la casi aniquilada redundancia-, ya que, se dice con insistencia, han sido, o están siendo, rebasados por la “información” tecnológica aposentada en los servicios de la web. Y se habla de una ahora sí “pluralidad” de voces en la contienda “noticiosa”, cuando lo que hay es simplemente una voracidad opinativa: lo “plural” en la prensa no significa “anarquía”, como tampoco “libertad de expresión” quiere decir publicar a mansalva cualquier texto de alguien que quiera expresarse sin saber las coordenadas de redacción ni los principios básicos del lenguaje. Si bien todo esto siempre ha causado controversia, lo cierto es que los espacios públicos informativos deben estar regidos por un editor que “controla” (no censura, que esto es muy otra cosa) a su vez la difusión de las escrituras ajenas, cosa que no suele ocurrir en las redes expansivas de las computadoras, desde donde se lanza cualquier ocurrencia o gana expresiva.
La opinión pública, y esto es sabido milenariamente, no siempre tiene la razón: el comportamiento de las masas, por lo general, acarrea grandes dosis de desilustración. ¿No el propio pueblo judío clamó, en abierta sesión supuestamente democrática, por la muerte de su futuro profeta en una histórica decisión preñada de injusticia? Las libertades expresivas son tomadas de acuerdo, las más de las veces, a los intereses, o ideales, de quienes se sienten afectados por ellas: ¿no ahora, en este mismo momento, los acaudalados de la televisión mexicana se dicen contrariados por la reforma de los medios, cuyo contenido, según estos dictaminadores mediáticos, veta su libertad de expresión? ¿Por qué lo afirman con tal énfasis si ellos las libertades de los otros siempre las han minimizado para no ver trasgredidos sus fluidos financieros? La “pluralidad”, después de todo, no es algo sencillo de definir en la práctica. Sí en la teoría: lo plural es lo múltiple, lo que se presenta en más de un aspecto, el reconocimiento de otras participaciones, de otras voces, de otras ideas. Por eso la Internet ha sido acogida unánimemente: ahora puedo leer en sus blogs a “periodistas” que nunca antes pudieron publicar en periódicos por sus insustanciales y arenosos textos. Una vez no publiqué en estas páginas un artículo de un entusiasta redactor que instaba a los lectores a no leer un solo libro, a escuchar a Juan Gabriel y a negarse a oír a Mozart, e insultaba -queriendo ser diverido en su planteamiento- a los autores clásicos porque le parecían aburridos. No sólo estaba mal escrito su texto, sino no sustentaba por ningún lado sus provocaciones. Me llamó censor y no sé qué cosas más. Ahora publica en la red cuanta cosa se le antoja, y no dudo de que obtenga respuestas favorables de varios internautas.
¡Ah, la pluralidad informativa!
Las “portadas” (que no debieran llamarse así, sino, tal vez, los “enunciados” o las “pantallas localizadoras” o los “umbrales” del ordenador), por ejemplo, de la “página” (que tampoco debieran ser llamadas así sencillamente porque no son páginas, no pueden serlo dada la inmaterialidad con la que están diseñadas, por más que traten de imitarlas, como acontece con el sitio regiomontano Reporte Índigo) de Yahoo son asombrosamente esnobistas o notarrojeras, si no es que anodinas y vulgares.
¿Puede un portal así competir con seriedad con un diario que se considere serio? Por supuesto que no. El problema, ahora, es que varios periódicos, al no ser dirigidos por periodistas responsables, se han estado creyendo este asunto del rebasamiento de los medios digitales, por lo que se han apresurado a imitar estas suertes de aportaciones “entretenedoras” que gobiernan a los portales de la red, tratando -inútilmente- de parecerse, já, a la televisión, que es exactamente el lugar que pretenden alcanzar los portales, ya que tienen la posibilidad de reproducir videos y escenas en vivo, tal como el aparato receptor casero. Pero la prensa es una cosa obviamente distinta. Si en la tele los jerarcas que la dominan se permiten otorgarle voz a un payaso como Brozo en las discusiones “políticas” es porque confunden voluntariamente magnesia con gimnasia: todo en aras, dicen, de que su público se divierta. Pero en la prensa escrita estas cosas no pueden, ni deben, ocurrir: por eso y para eso están sus editores, para no confundir yerros con fierros, ni albahacas con alharacas. Si lo superfluo ha ganado terreno en los medios audiovisuales, la prensa de papel está en su derecho de conservar la seriedad crítica, que no solemnidad simulada, ya que ésta también luego la encontramos con cierta facilidad en los terrenos tecnologizados.
¿Por qué entonces esta veloz carrera contra los medios impresos?
Un soporte, un complemento
Nadie ha querido decir que esta situación es debido, asimismo, tanto a intereses gravitatorios financieros como a una desastrosa desilustración ciudadana. Lo primero no debe asombrarnos si a la cabeza se nos asoma el nombre de Bill Gates, que no dejará jamás de estar en los primeros lugares de la riqueza mundial si cada vez más convence a las nuevas generaciones de que su destino se encuentra en estos armatostes tecnológicos, que los consumirá con desesperación porque, ¡ay!, cada vez también se hallan en un peor estado de indefensión cultural, al grado de despojarlas de identidades naturales para situarlas en los pantanosos campos de la globalización juvenil, donde todos los que intervienen se confunden entre sí, quieren las mismas cosas, desean ser lo mismo, aspiran a ser lo que los grandes consorcios mediáticos les piden que sean, cantan las mismas canciones, ven los mismos programas y chatean todos entre sí en una gran algarabía colectiva. ¿Para qué leer un diario si todo, irreflexivamente, lo localizan en sus computadoras? ¿Si hasta las tareas las extraen de la Internet? ¿Si hasta ligan y se enamoran mediante la red? Por eso los servicios mediáticos tienen de su lado la publicidad de las empresas, manejadas por gente, sí, también desilustrada, que es, la desilustración, la gravosa calamidad de nuestro tiempo.
Sí, la red es -o debiera ser- un soporte, un complemento, un aditamento para el trabajo periodístico, pero no su propia sustitución porque, para comenzar, aquélla está armada con otros materiales -distintos, no mejores-, entre los cuales en efecto refulge, en primer término, la instantaneidad, con un brillo incluso superior a la televisión. De allí, tal vez, su radiante alumbramiento, que en consecuencia ha enceguecido, por supuesto, a las recias sociedades que otorgan prioridad, antes que al individuo, a las premuras económicas.