Lecciones de periodismo

Por Luis Miguel Aguilar, publicado en Milenio

Despierta, ¿dónde andas? Todavía no ves lo que te traigo y ya te abstrajiste —dice el camaleón peripatético apenas entra al cuarto donde escribo.

—Te me adelanté y estaba leyendo en Laberinto de MILENIO (20/3/10) una entrevista-perfil con Miguel Ángel Bastenier.

—Sí, lo estaba viendo durante tu abstracción. Se menciona un libro suyo desprendido de un curso, Cómo se escribe un periódico, y el autor de la entrevista-perfil Víctor Núñez Jaime refiere que “son 450 páginas de lecciones que tienen el propósito de mejorar los periódicos de América Latina, mediante un diagnóstico de los errores más comunes en las publicaciones de la región y una serie de propuestas para erradicarlos”.

—Cuando dice Bastenier que hay un dios de los periodistas y que el vértigo de la página en blanco (“ahora no hay página en blanco, lo sé. Hay pantalla en blanco”) es algo vital para ellos, me dio un qué raro: fui a mis años de prepa cuando un grupo de amigos y yo teníamos un periódico mural; la escritora Elena Urrutia era cercana a la escuela desde su fundación y al ver nuestros empeños nos mandó a un curso de periodismo que María Luisa La China Mendoza impartía en la Casa del Lago. Recuerdo más que nada la insistencia de La China en cómo debía entregarse un artículo al jefe de Edición del periódico. Tanto por deferencia o cortesía o respeto jerárquico como por presteza y buen flujo periodísticos, las entonces cuartillas debían entregarse dobladas por enmedio pero, fundamental, con el texto hacia afuera.

—No, pues las cuartillas son ya objetos melancólicos, igual —lo pienso ahora— que los nombres antiguos de algunos países, ciudades y personajes. ¿Tú crees que Bastenier toque en alguna de sus lecciones el punto de lo que tú has llamado nominología despachal?

El camaleón se refiere a una costumbre que desde hace años se instaló en la prensa y en los medios por lo menos mexicanos. Ha consistido en recibir nombres de los despachos extranjeros y asestárselos al lector sin digestión fonética alguna. Así tuvimos al ayatollah Khomeini, a la absurda obligación de pronunciar Sarayevo o Fuyimori cuando nos ponían Sarajevo y Fujimori; y después del 9/11 decir yijad cuando nos ponían jihad. Pero claro: la joya de todo aquello sigue siendo que al leer Beijing, Beijín, tengamos que decir Beiyín.

—Eso de Beijing —irrumpe el camaleón— fue la primera sorpresa, ¿no? ¿Dónde rayos está eso?, se preguntaba uno al leer los titulares.

—Sí, y “cada día surgen nuevos países” recuerdo haber dicho cuando leí que un monzón había anegado Sri Lanka… ¿Qué fue ese ruido, camaleón?

—Pablo Neruda se revolcó en su tumba porque dispuse ponerle al corriente la nominología despachal en sus memorias Confieso que he vivido. Ahora dice, por ejemplo: “Sri Lanka, la más bella isla grande del mundo, tenía hacia 1929 la misma estructura colonial que Myanmar…” Claro, al diablo Ceilán y Birmania.

—Y ahora, camaleón, Neruda debía hablar de “mi amor myanmarano” en lugar de “mi amor birmano Josie Bliss”, aquella loca fatal y memorable que le inspiró uno de sus grandes poemas, “El tango del viudo”, luego de abandonarla por el miedo literal a la muerte: “Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde/el cuchillo que escondí allí por temor de que me mataras…”

—Pues abur y vuelvo al peripato, pero antes: ¿tú crees que en las lecciones de periodismo de Bastenier se encuentre algún correctivo contra la manera de poner cabezas de un prestigiado diario nacional? Espero que no se metan con ese género, fuente inagotable de involuntarias maravillas poéticas.

—Sí, camaleón. La primera cabeza que yo tengo registrada decía: “Dejan cuatro muertos bombas en Madrid”. Gol surrealista: cuatro muertos poniendo bombas en Madrid.

—O aquella de “Pasa fiebre reumática Papa”. Según Anthony Burgess, antes de ser el famoso autor de Naranja mecánica él escribió el cuento más breve de ciencia ficción; eran siete palabras en forma de encabezado periodístico: “El sol salió ayer por el poniente”. Pero el inmejorable es el de esta cabeza con el Papa como transmisor de fiebre reumática.

—O aquella: “Tumba denuncia a juez electoral”. Claro: como volver a “El corazón delator” de Poe, quien habría hecho otro cuento: “La tumba denunciante” del zafio juez. O aquella otra: “Invaden oficinas viveros Coyoacán”. Claro, es el “Canto de guerra de los bosques”: los viveros se lanzaron contra las oficinas; no se había visto nada igual desde que los bosques de Birnam avanzaron contra Macbeth.

—Yo me quedo con una última, camaleón. Dice: “Detiene la muerte su carrera”. ¡Qué notición! Luego de esa cabeza yo esperaba leer algo como “’No voy más’, declaró la muerte entre resuellos al anunciar que estaba cansada de dar muerte. Se la vio sentada a la vera del mundo, con la guadaña sin empleo a sus pies. ‘Ha sido una loca carrera. No voy más. Muéranse sin mí’ —externó”.

—(Se refería, dice el camaleón entre paréntesis, al choque de un auto contra el muro de contención de la autopista México-Cuernavaca en abril de 2008. Detrás del coche a exceso de velocidad tripulado por jóvenes se estrellaron ocho autos y ocho motocicletas con saldo de cuatro muertos.)

—“Detiene la muerte su carrera”: ¡qué verso, camaleón! Casi está a la altura de aquel de Dylan Thomas, “And death shall have no dominion”, que Marco Antonio Montes de Oca tradujo “Pero la muerte no impondrá su reino”. O ya de plano como aquel bíblico “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?”.

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