El fin y los medios

Por Rafael Cardona, publicado en La Crónica

La política es, entre otras miles de definiciones, la aplicación de los principios y mecanismos supuestamente derivados de una ideología para lograr el poder. Y una vez logrado conservarlo, aumentarlo, confiscarlo si es preciso, casi siempre con los mismos mecanismos de la primera vez, pero endurecidos y ampliados con las herramientas de la institucionalidad colectiva, hasta la contenida en aquellos espacios donde no se tiene el poder (el Ejército, los demás partidos; las iglesias, los intelectuales comprados y todo lo demás).

Y para ello es necesario corromper y traicionar. Vivir como en una amnesia conveniente; oscilar entre el cinismo y la ignorancia. Y para eso es necesario negar, engañar y traicionar. En una palabra: corromper. Y para pudrir a los demás primero se corrompe uno mismo. Si no se incurre en abusos, en conductas atrabiliarias, en quehaceres impuros, pero siempre auto justificados frente al falso espejo de la pureza inexistente, no se acerca uno al único fin válido de la política: el poder.

Todo eso se hace con dos herramientas fundamentales: la mentira y la traición. “A sea conducta se le llama pragmatismo. En un universo de complejidad creciente —dice Denis Jeambar—, la rigidez provoca grietas, mientras que el pragmatismo permite enfrentar los obstáculos, sortear las dificultades, superar los bloqueos”.

Por eso, un jefe de Estado puede pasar de ser un día Presidente del empleo a Presidente de la salud, a la mañana siguiente, con un prolongado intervalo de combatiente militar por la legalidad; defensor de la familia o cualquier otra cosa. La anhelada hipnosis del mantra cotidiano (el discurso diario con el cual quienes gobiernan desde los medios) obligue a insistir aún contra de las evidencias.

En ese empeño, el presidente Felipe Calderón ha metido en la olla del potaje a sus principales colaboradores políticos: el secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont (un caballero de magna elocuencia a veces vacía) y a César Nava, presidente del PAN, quien en sus mejores momentos intenta convertirse en un aprendiz de dinamitero, a quien con frecuencia le estallan los petardos en las manos, como le ocurrió la semana pasada con sus penitencias radiofónicas y su ridículo bailongo discursivo entre la mentira probada y su actitud casi heroica de guardar el honor de la confidencialidad.

—¿Cuál confidencialidad si todo México sabía sus desfiguros?

Pero el problema consiste en la terquedad de meter triángulos en los espacios cuadrados. Como los niños en las pruebas para medir la inteligencia y la coordinación: no distinguen entren el círculo y el rombo. Lo quieren meter todo siempre en la misma definición y no siempre se puede. Y aunque se pueda, a la larga no funciona.

Hoy todos viven en el camelo de la llamada “construcción de acuerdos” en el nombre de los cuales (a veces ni siquiera durables) son capaces de poner a la progenitora en venta.

De acuerdo con ellos, el primer “constructor” de este tipo debe haber sido Judas Iscariote. Llegó un acuerdo. Me das treinta monedas y te entrego al maestro.

Solo así se comprende un mensaje del presidente del PRI en Tlaxcala, Ubaldo Velazco, quien ha dicho lleno de satisfacción democrática por un posible acuerdo con el Partido de la Revolución Democrática:

“Queremos llegar coludidos y sacar al gobierno panista…”.

Ya podría Mariano González Zarur, a quien muchos señalan como posible beneficiario de esa alianza (no colusión; coalición, en todo caso) comprarle al pobre presidente del partido, ex empleado suyo en el Senado, para más señas, siquiera un pequeño diccionario ilustrado.

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