Las oportunidades del debate
Carlos Monsiváis, Milenio
**Discernir las razones de los otros es también examinar nuestras razones. Hacerlo desde la autocrítica vigoriza o vigorizaría la militancia, el activismo, la simpatía por la causa, y lo fundamental: la certeza de que hay, todavía, causas que valen la pena
Un rasgo de este tiempo: el encontronazo de agresiones, campañas de calumnias y difamaciones, insultos de un lado y de otro, linchamientos de la personalidad. También, y aquí centro mis notas, se han vertido y se vierten en profusión juicios, opiniones, testimonios, estudios, artículos, ponencias, libros. Si lo primero resulta de la política como retención o toma del poder a corto o mediano plazo, lo segundo, el fluir contradictorio de puntos de vista, podría volverse uno de nuestros estímulos más significativos, lo que ya se probó con el debate sobre la reforma energética. Al margen de las posiciones asumidas, por vez primera el tema del petróleo abandona su nicho de salvación demoniaca, y se despliega desde los “datos duros”, si se quiere de modo rudimentario, pero ya irreversible.
Se argumentó sobre el debate: sólo una minoría ha seguido las discusiones en el Senado y las publicaciones, y el nivel de comprensión ha sido mínimo. Esto, innegable, admite otra lectura: gracias al debate la mayoría de los ciudadanos, lo registre o no, adquirió una obligación: disponer de una opinión sobre la reforma de Pemex, y apoyarla con cifras y certezas políticas. Esto es ya un acto del conocimiento, así varíe de persona a persona. Esta confrontación, y lo han expresado algunos grandes empresarios, ha propiciado el entrecruzamiento de saberes específicos, el reexamen de artículos de la Constitución, las indagaciones sobre la corrupción sindical y las dilapidaciones faraónicas del presupuesto nacional y, pese a todo, también ha impulsado el reconocimiento de los beneficios de Pemex. Por este avance informativo se ha obtenido algo primordial: la sociedad está mucho más al tanto de sus recursos del subsuelo, y los ciudadanos tienen menos derecho a llamarse a engaño.
En sí mismos, los debates no son susceptibles de institucionalización. Se dan libre y anárquicamente, y éste es uno de sus rasgos más valiosos. Pero, y vuelvo a lo ocurrido con las discusiones sobre reforma petrolera, sí hay manera de impulsar el examen de algunos, muy pocos temas de gran controversia. Cito un tema/problema trágico que le es fundamental a todos: la seguridad colectiva y personal, hoy objeto de miles o diezmiles de artículos, ensayos y comentarios y de acciones del tipo de la marcha de los ultrajados y ofendidos en Chihuahua, o como la manifestación próxima en la Ciudad de México. ¿A quién no lo cimbra el conteo funerario de todos los días?, ¿quién no acepta el miedo como un método de ubicación urbana?, ¿a quién no le conmovió el atroz asesinato del niño Fernando Martí, y el de muchos otros niños maleficiados por las balas perdidas o victimados en secuestros por cantidades que van de lo cuantioso a lo mínimo?
No se necesita compartir la ideología de los organizadores de esta marcha para apreciar la decisión de los que van a marchar. Como se quiera ver, ejercen una alternativa ciudadana, válida en sí misma, y sus experiencias son las mismas de otros de convicciones políticas diversas. Ante la inseguridad, todos mezclamos el temor, el desconcierto, la confusión, el deseo de esclarecimiento, la crítica a las autoridades federales y regionales.
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Es indispensable el respeto a las movilizaciones de un lado y otro. Si se habla de civilidad, lo primero es acercarse a las motivaciones de los que no piensan como nosotros. Afirma George Lakoff en su magnífico ensayo (Lenguaje y debate político): “La moral liberal/progresista empieza con la empatía, es decir, con la capacidad de entender a los otros y de sentir lo que ellos sienten”. ¿Es esto pedir demasiado? Desde luego, pero es también demandarnos a nosotros mismos lo que esté a la altura de nuestros valores civilizatorios. Luego de los ataques lamentables contra los partidarios de López Obrador en 2006, es preciso levantar el nivel. Insisto: no hablo de los liderazgos sino del respeto a las creencias y las convicciones que a cada individuo le son ajenas. La tolerancia es ya un requisito básico de la vida en común. Por eso es tan importante considerar las razones de los otros.
En tiempos de guerra resulta imposible el distanciamiento mesurado, pero —que se sepa— vivimos en tiempos de paz, y hasta ahora la tan proclamada polarización no se ha traducido en violencia irreparable. Por eso no es admisible el desprecio de las élites por las manifestaciones (no violentas) de masas, el ánimo racista y clasista de que han hecho gala, su confusión deliberada entre movilizaciones y acarreos. El acarreo, esa leva por unas cuantas horas, ha sido el genuino poder de convocatoria del PRI. A los actos priistas (y no sólo a ellos) la gente ha ido y va todavía porque no tiene otra, acosados por el trueque despótico: tú vienes a aplaudirnos y le damos a tu ejido o a tu pueblo o a ti mismo algo que les haga falta. Pero las marchas de estos años, de ambos lados, así sean bastante más nutridas las de una parte, no provienen en lo básico del acarreo y las motivaciones de los participantes son acciones de ciudadanía.
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Discernir las razones de los otros es también examinar nuestras razones. Hacerlo desde la autocrítica vigoriza o vigorizaría la militancia, el activismo, la simpatía por la causa, y lo fundamental: la certeza de que hay, todavía, causas que valen la pena. Ya son demasiados años sin práctica del debate y valdría la pena, así sea de nuevo somero, preguntarse el porqué. Localizo algunas razones que menciono sin jerarquizar:
— Al traspasarse la centralidad de la prensa a los medios electrónicos, los debates se vuelven parciales y, con frecuencia creciente, se sitúan en una sola publicación o, en fuego cruzado, casi siempre sin nombres, entre dos publicaciones. (Me refiero a debates, no a campañas de exterminio verbal). En la televisión, los debates son ocasionales o radicados en un mismo grupo, lo que es muy explicable por el tiempo disponible y las características del “entretenimiento”, pero lo que salvo momentos extraordinarios, y allí selectivamente, cancela el uso polémico del medio. No pretendo una programación del agotamiento verbal, pero sí creo ya imprescindibles los debates en determinados horarios.
— La religión nunca fue recurrente en los debates, por la censura y la falta de costumbre de un lenguaje no sectario (es decir, ni formado en los aconteceres de la parroquia ni entrenado en las reuniones de célula). Sólo de vez en cuando hay polémicas encontradas que se vuelven “recuerdos de época”: el debate en El Universal entre el filósofo Antonio Caso y Vicente Lombardo Toledano, su discípulo ya vuelto contendiente. A propósito de la libertad de cátedra (asunto donde Caso, según creo, estaba en lo justo), los dos se embarcan en una contienda ya ahora inconcebible sobre la metafísica, el alma, la mortalidad, el materialismo… La polémica se revistió de fama y ya hoy es francamente ilegible, pero en su momento emocionaba al ser la oportunidad de ratificar, con la mera lectura, la cultura y la fe. Ahora, lo admisible o lo inadmisible del dogma se ubica en los temas de la bioética y de la tolerancia; la despenalización del aborto, la muerte asistida, las clonaciones, la transexualidad y, ya fuera de la bioética, el matrimonio de gays y lesbianas, las sociedades de convivencia, y lo prohibido en el vestuario lo que, oh dolor, abarca las minifaldas. Estos asuntos no han requerido de impulso alguno y se discuten incluso en medios electrónicos. En el espacio público, la censura está fracasando radicalmente al intentar la expulsión de “lo inconveniente”. Sin embargo, las múltiples derrotas culturales de la derecha no pueden hacer a un lado la sinceridad de los que guían sus vidas por motivos religiosos. Captar esto no lleva a desistir de modo alguno las acciones críticas, pero si el diálogo aún no es posible (la derecha se niega siempre a mantenerlo porque “posee la verdad”), sí los sectores democráticos están obligados a comprender las razones de los otros. De otro modo y como está pasando, en materia de debates la sociedad, herméticamente, se dividirá en bloques, no necesariamente de la izquierda y la derecha política, sino de formas dispares o antagónicas de percibir la modernidad, la justicia, las libertades, la tolerancia.
— Si hay un tema de este tiempo es la ecología, indispensable en el examen de las posibilidades de la continuidad de la especie humana. Sin embargo, allí, desde el surgimiento del tema, el debate no se ha producido no porque alguien, fuera de Bush, se oponga a disminuir el calentamiento global, sino por desdeñarse informativamente las causas de los ecocidios: la tala de bosques, las industrias contaminantes, el envenenamiento de los ríos, la crueldad contra los animales y el exterminio de las especies, el desperdicio del agua (el tema mayor), etcétera, etcétera.
—Un tema esencial en el país, el de los sectores indígenas, los muy debatidos usos y costumbres, la desaparición de las lenguas, el despojo que las someten, el capitalismo, las urgencias de modernidad, etcétera, no dispuso en el siglo XX de un debate radical, así haya sido tan importante el trabajo de antropólogos, etnólogos, sociólogos, etnógrafos. En 1994, con el surgimiento del EZLN, se dio durante un tiempo un debate crítico que, sin embargo, parece suspenderse al aprobarse en 2001 en el Senado la Ley Indígena a la que Marcos y el EZLN se oponían. Pero la vida indígena, la miseria, la exclusión, el porvenir cerrado a piedra y lodo por el desprecio racista, sigue siendo un gran tema, requerido de acciones urgentes, entre ellas la del conocimiento.
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—La educación es otro tema, otra zona de catástrofes (allí se fusionan la pública y la privada). Allí el determinismo, la sensación de que se haga lo que se haga (fuera de los actos donde se inauguran soluciones, como si fueran guarderías o locales del sindicato) no hay remedio. Aquí el debate tal vez debería iniciarse con la pregunta: ¿por qué el Estado y la sociedad abandonan a su suerte a la educación? ¿Por qué ahora, para evitar que sean meseros, se pide que ya no puedan ser profesores? Al leer la declaración me quedé con la idea de que el paso por las Normales era el requisito exigido en los restaurantes para los que atienden las mesas ¿A tal punto se confía en los autodidactas que la educación formal se ve como variante de la economía informal?
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Vuelvo al tema de la seguridad, al “¡Ya basta!”. No hay discusión sobre la irracionalidad de esta matanza inenarrable, ¿pero qué significa la exigencia de tranquilidad y justicia? Sobre la violencia acrecentada de la delincuencia, no hay duda: debe frenarse con la acción de la justicia que impida el narcotráfico, los policías involucrados, los empresarios y políticos cómplices, etcétera. Pero esto se ha dicho en demasía y, ni modo, no ha pasado nada. Por eso, creo que uno de los pasos siguientes, al lado de las acciones del Poder Judicial, es un debate nacional de primer orden sobre la estructura de la impunidad, y creo que al lado de la Cumbre de Seguridad debe darse de varias maneras la Cumbre Alternativa donde las sociedades discutan desde su experiencia sobre su porvenir inmediato.
La impunidad es un término de uso incesante; es un tótem abstracto, una suerte de exorcismo tetrasilábico que suele ser más allá del lenguaje (escrito, hablado, corporal) de quienes lo emiten. ¿Pero qué es la impunidad en cada caso, en el mundo de los negocios, en el universo bancario, en la red judicial, en el disfrute de los ecocidios, en los tratos inquilinarios, en el saqueo interminable a los pobres? ¿Qué es la impunidad tratándose de las corporaciones policiacas, del laberinto de los jefes policiacos, de los nexos con los narcotraficantes, de la ligereza con que se ejercen los asesinatos en serie? ¿Qué es la impunidad en el mundo laboral con la guillotina del salario mínimo o de los contratos de riesgo o las esclavitudes de la maquila?
Creo necesario un gran debate nacional que abarque el Poder Legislativo, las ONG, las asociaciones vecinales, las personas, el Poder Judicial, los partidos políticos, los ecologistas, los grupos feministas, los grupos lésbicos, gays y transexuales, los sectores indígenas, sobre las estructuras y las prácticas de la impunidad. No se trataría, explícitamente, de teorizar sobre la impunidad, sino de atestiguar, hasta donde sea posible, sobre los mecanismos de su funcionamiento. ¿Por qué persiste con tal eficacia en situaciones o instituciones o sociedades o municipios? ¿Por qué el desánimo social ante la realización de la justicia? ¿Qué es, para cada uno de los participantes, la impunidad?
El debate debe fijarse en un tiempo limitado, con intervenciones muy concretas. Puede dar la impresión de proponer algo irrealizable por interminable, pero no se trata de una discusión cualquiera, ya que en varios sentidos la seguridad es el eje de la vida cotidiana, y es el motivo de un número estruendoso de reflexiones, indignaciones morales, abatimientos, determinismos. Sé de los límites de un debate de esta índole: no resuelve el panorama trágico, no evita la manipulación política, en el corto y el mediano plazo no propicia otro sistema judicial, eso sí, pero abre las compuertas a un testimonio detallado de la situación nacional de la impunidad, que le da curso y protege a la violencia delincuencial.
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Al respecto, un comentario: en México la sociedad y el Estado han condenado el comportamiento de los cuerpos policiacos, en especial los judiciales, y en gran medida tienen razón. Pero la generalización es injusta, sobre todo si se trata de la policía uniformada sometida a la serie de abusos donde figuran los salarios bajos. No todo es el desastre de las fuerzas de seguridad y la prueba irrefutable es el número de policías asesinados cada año y en el cumplimiento del deber (lo subrayo porque así sea demostrable el hecho no merece atención). Como los soldados también victimados por la delincuencia, estos policías han servido a la sociedad al punto de perder la vida y, en esa medida, han pertenecido a ella. Si no se reconoce el sentido de su muerte, se dará por sentado que el país vive mejor sin un solo policía, lo que es un disparate, hasta que no se demuestre lo contrario.
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